Todo acaba, como un año
Me desorientan los nuevos años. Como me desorientan también el amor, la muerte, las rodillas cuando crujen por la mañana temprano. La gente que se suena la nariz con virulencia en la habitación de al lado. La gente que me hablaba y deja de hablarme. La gente que no me conoce y me mira fijamente a los ojos cuando ando por la calle. Me desorienta la gente que no lee en todo el año, que no va al cine, que solo piensa en el trabajo, en acumular dinero como el que apila leña. Me desorientan los silencios del ascensor cuando voy solo. La gente que nunca viaja y sabe de todo, y es soberbia como un ministro, como un rico, como el país que gana una guerra. Me desorienta no conducir, andar de aquí para allá en bicicleta. O andando. Siempre voy andando a todas partes. A comprar el pan. A pagar la luz. A devolver recibos. A dar el pésame al tanatorio de la salida del pueblo.

Contar es escuchar.

“Por lo demás, soy incapaz de escribir mi nombre meando en la nieve, o me costaría muchísimo trabajo hacerlo. No puedo matar de un tiro a mi esposa e hijo y a unos vecinos y después suicidarme. Lo cierto es que ni siquiera sé conducir. Nunca me saqué el permiso. Me daba miedo. Cojo el autobús. Es terrible”, escribe Úrsula K. Le Guin en Contar es escuchar.
Me desconcierta los primeros gestos de mi vejez. Esas rayas infinitas que han llegado a las sienes mucho antes que las balas. Los pliegues del cuello. La bolsa vacía de los ojos. Tengo la misma edad que la Constitución. Pienso que un día la Constitución seguirá y yo no. Cumplirá años y yo no. La reformarán en un futuro y a mi nadie podrá reformarme, hacerme más actual, más nuevo.
elultimopistolero

El último pistolero.

Me iré por un sitio diferente del que he venido. Y eso me desconcierta. Como a todos. Porque todo acaba como un año y luego empieza. Y es sustituido. Como las vitrinas de los pescados alineados bajo el sol hereje de la Navidad, el sol que sigue ahí ajeno al saqueo impune del mundo, ajeno al universo y a Dios, que dicen que está ahí pero yo no lo veo.
“Esta vez la ciencia coincide con la mitología al señalar que el espermatozoide de Dios engendró el universo. Incluso la Iglesia española dio la bienvenida a la partícula y damos gracias porque aquí no haya estallado esa surrealista guerra entre creacionistas y evolucionistas”, dice Raúl del Pozo en El último pistolero.
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