Todos somos Mary Cheever

Ay si mi madre supiera que cuando escribo bebo, bebo mucho lo que sea, vino o bourbon, y sólo así me salen las cosas, las cosas de dentro, y corro y me embalo y no paro de escribir, que ni puntos pongo siquiera, sólo alguna coma de vez en cuando, porque cuando no bebo me atortugo y escribo lento y no me sale nada, una frase o dos en todo el invierno y, sin embargo, es meter la boca en la copa, en los vasos esos tan rayados que tenemos, y me salen las palabras solas, que incluso siento que soy capaz de escribir un Ulises ahora en un rato. Si mi madre supiera que no salgo a la calle sin una copa de vino no pararía de llorar la pobre, pero mi madre no lo sabe, piensa que soy un decente, que de la casa voy al trabajo y del trabajo a la casa, y nunca llego tarde a cenar.

mientrashayabares

“Puede que fuera infiel, puede que fuera borracho, pero siempre estaba en casa a la hora de la cena”, decía Mary en favor de su marido John Cheever, que tenía dos o tres vicios muy particulares. No hay defecto, cuando nos es demasiado próximo, que no nos parezca ínfimo. Ningún error alcanza notoriedad a cambio de que lo hayamos cometido nosotros, o uno de los nuestros. Esto es así, sin entrar en más detalles. Todos somos Mary Cheever, personas dispuestas a pasar por alto cualquier afrenta a cambio de comer con cierta puntualidad”, escribe Juan Tallón en ‘Mientras haya bares’.

Cuando bebo, me quedaría a dormir siempre en una frase subordinada, tan larga y con tantos que, con tan pocas paradas, tan pocas fondas donde hospedarse. Una frase larga de esas en las que pasan millones de cosas hermosas, que uno no quiere jamás irse de ella, porque mientras la lees te llueve y te hace sol, y llega el verano y se va la primavera, y te haces viejo, tan viejo que me da tiempo a repasar mis malos hábitos

elartedeperder“He contraído docenas de malos hábitos de los que estoy tratando de librarme. 1. Pereza; 2. Consultarlo todo con Zelda. Un hábito terrible, nada debería consultarse con nadie hasta que esté terminado; 3. Conciencia de las palabras, desconfianza de mí mismo, etc., etc., etc., etc.”, asegura Scott Fitzgerald en ‘El arte de perder’.

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