Un Don Draper de su vida

Me siento una vez por semana debajo de un árbol a escuchar a Johnny Hartman con John Coltrane. Hago todo lo posible porque la muerte me pille feliz, sonriendo, sin crispación e insolencia alguna. Me estreso poco, tengo los ojos siempre achinados de dormir y he engordado tanto que hay gente que por ahí ya no me reconoce. Mi patria en verdad es un buen sillón. Y mi matria la cocina, donde mi madre me enseñó, letra a letra, el abecedario. Hace tanto tiempo de eso que lo mismo no es verdad.

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¿Dónde vamos a bailar esta noche?

Hay quien busca la victoria y ganar siempre. Hay quien busca ser el mejor, tener tanto acumulado que ridiculice al otro. Y a mí me importa bien poco la vida si no tengo un libro cerca, un dry Martini fresquito con un trocito de piel de naranja recién cogida del huerto y una buena garrafa de aceite de oliva para mojar pan de un pueblo pequeño que hay aquí cerca con doce casas. Soy una criatura libre y salvaje, en peligro de extinción.

“El caso es que me encantó la ligereza con la que me hablaba de sus fracasos. No trataba de ser un Don Draper de su vida. No tenía afán por venderme lo guay que era a cada frase. Me recomendó un libro: Mis traspiés favoritos, del ensayista Enzensberger, Príncipe de Asturias, que de joven estuvo afiliado a las Juventudes Hitlerianas hasta que le echaron -no sé qué tiene que hacer uno exactamente para lograr que le echen de las Juventudes Hitlerianas-“, dice Javier Aznar en ¿Dónde vamos a bailar esta noche?.

El mito del líder fuerte.

Me eriza la epidermis cuarentona esos animales que lo quieren todo para ellos. Me dejan sin habla como cuando por la noche te toca al hombro un muerto. A mí una vez me tocó alguien por detrás el hombro en un tanatorio, me volví y no había nadie. Vivir es no estar tranquilo y ya cuando me tocan nunca me vuelvo. Por cierto, que una vez al mes voy a los cementerios a darme curas de humildad si tengo picos altos de ego. Ir a un cementerio y poder luego salir es el colmo del éxito. Por eso, cuando entro en el coche y pongo la radio y escucho a toda esa gente con el ego desbocado, a todos esos pseudolíderes empeorando el mundo, a martillazo limpio, haciendo de lo humano un enigma, me siento en paz conmigo mismo y corro rápido hacia mi patria, hacia el sillón, a ver pasar la vida lenta como si fuera una pirámide horizontal de huesos y cartílagos.

“Quiero defender la teoría de que es ilusorio pensar que cuanto más poder despliegue un líder, más debería impresionarnos; y lo es en las democracias, en los regímenes autoritarios y en los sistemas híbridos, a medio camino entre los dos anteriores. En todas partes se exige eficacia a los gobiernos, pero los procedimientos también son importantes.  Eludirlos porque un líder está seguro de saber más que los demás suele generar problemas, en ocasiones de dimensiones catastróficas”, escribe Archie Brown en El mito del líder fuerte.

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