Una casa donde no hay amor en el aire

Cuando me quedo solo en casa y cruje de pronto algo, la mesilla de noche, la pared o la vajilla, el libro Taschen del jazz o la Trilogía de Madrid de Umbral, me acuerdo siempre de Woody Allen, que cuando escuchaba este tipo de crujidos extraños en su vivienda decía: “Eso es la casa asentándose”. Ya llevamos casi cinco años aquí, en esta casa de paredes sucias amarillo Gauguin, cinco años desde aquel sábado en que llovía y tú no llegabas, diluviaba y tú que no llegabas nunca, como si te hubieras arrepentido. La casa amueblada, la casa que cruje a veces y huele a vainilla, la casa nuestra llena de libros que tú ordenaste por orden alfabético, yo que siempre los había puesto aquí y allí en la casa de mis padres, donde vive ahora mi hermana. ¡Qué pronto se amuebla una casa y qué lenta una cabeza! Una cabeza se amuebla con libros, con cine y escuchando una y otra vez ‘Eight’ de Ron Carter, andando ciudades, países, la cabeza que sólo vemos por fuera porque por dentro da miedo, tanta sangre y tanto hueso, y tanto cartílago y neurona suelta.

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Zona de obras

“A veces, cuando vuelvo a casa después de todas esas excursiones, me pregunto cosas. Me pregunto cómo se escribe sobre alguien que, tan sólo vendiendo camisas, podría pagar la vida de familias que sólo son dueñas del aire que respiran. Me pregunto cómo se escribe sobre alguien que trae, cada año, a diez amiguitos desde Europa todo pago, para la fiesta de cumpleaños de su hijo menor”, escribe Leila Guerriero en Zona de obras.

Crujen las cosas y yo me agarro fuerte al sillón algunas veces como si fuera un salvavidas, me agarro por un acto reflejo porque ya sé que la casa está asentada o está terminando de asentarse. Me aferro a los brazos del sillón como si viniera un temporal, un huracán nominal de esos que se traga los barcos, las calles, las casas y las ciudades. Me gusta, en verdad, escuchar cómo crujen de pronto las cosas, cómo cruje la vida asentándose.

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Caída libre.

“La gente se pone tan estúpida  por su infelicidad que no sabe disfrutar de la vida, no sabe vivir la vida. Gente que lleva un hogar donde nunca brilla el sol, donde no hay alegría. Una casa donde no hay anillos para las servilletas. Ni cucharas para comer pomelo. Ni cuencos para enjuagarse los dedos. Ni risa, ni canciones. Ni manteles con volantes. Una casa donde no hay amor en el aire. Ni tetera de plata. Ni copas de cristal. Ni orgullo. Ninguna conciencia de la gloria que es esta vida”, dice Sue Kaufman en su novela Caída libre.

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