Conozco a mucha gente que no quiere volver atrás. Que me dicen: estoy mejor que nunca. Que me dicen: cualquier tiempo pasado no fue mejor. Hay gente que le echa un velo a su vida anterior. Y va hacia adelante, todo resto, a pulmón, sin respirar, como si el futuro estuviera en el fondo del mar. Conozco a gente que, ni por asomo, acepta hablar del pasado. Y lo destierra del idioma, del lenguaje. Lo minimiza del verbo como una web abierta que molesta en mitad del escritorio.
elartedeperder

El arte de perder.

«Creo haberte contado que, desde que dejé de beber, subí de 63 a 72 kilos. Por fin estoy durmiendo y, aunque tengo el pelo canoso, me siento más joven que en los últimos cuatro años. Por sorprendente que parezca, las muchas dificultades no me deprimen, aunque me siento tremendamente embotado: me cuesta un triunfo funcionar. Dejé de fumar para ahorrar y abandoné los medicamentos y los tratamientos caros», dice Scott Fitzgerald en El arte de perder.
Sin embargo yo soy 80% agua y 20% pasado. Y volvería a él con los ojos cerrados. Las tardes noches en que mi abuela me curaba los dolores de estómago con aceite y espurreos de aguardiente. Tenía un don y toda la familia pasaba después de la Navidad por sus manos. Te frotaba bien el vientre con aceite de oliva de un pueblo de esos que están bien altos. Y, para acabar el conjuro, te espurreaba el anís sobre el ombligo y te pegaba rápidamente la camiseta. Uno volvería atrás por eso y por mirarse bien joven en todos los espejos posibles, en todos los escaparates, en todas las lunas de los coches. Volver atrás, qué bien, todo intacto, como el que estrena el mundo, como el que estrena la vida y no se cansa, no se agobia de mirar la belleza en el instante previo en que empieza a evaporarse…
mientrashayabares

Mientras haya bares.

«El insomnio se acerca lentamente y te acorrala. Cada vez te cubre más arriba, como el agua que poco a poco inunda una habitación. En el primer momento aún avivas la esperanza del sueño. Después de todo ha sido un día duro, notas cierto cansancio, acabas de hacer el amor y has puesto las sábanas limpias. Quizá por una vez el telón caiga de repente. De hecho, el insomnio avanza tan despacio y lacónico, que parece que se aleja», escribe Juan Tallón en Mientras haya bares.
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