Yo no hago nada sin alegría

 

No hay nada más original que seguir vivo. Tener la suerte de ver un día y otro. Toda esa fiesta de luces y brillos. Toda esa algarabía de reflejos y sombras que se suspenden en la negritud, en el teatro negro, en el teatro checo de la noche. Seguir vivo es extraño como una nariz, que decía Shakespeare. Es tan importante que hasta lo olvidamos. Nos preocupamos por esto y aquello y resulta que dejar de estar vivo es lo más preocupante ¡Qué originalidad, qué maravilla seguir vivo, oiga! Seguir respirando y viendo cómo te suben y bajan los impuestos, cómo no nos gobierna en España ya nadie, cómo nos gobernamos a nosotros mismos, sin sueldo ni guardaespaldas ni nada! Y hasta funciona.

“La gente siempre habla de originalidad, pero ¿qué quiere decir con ello? En cuanto nacemos, el mundo empieza a moldearnos y sigue haciéndolo hasta el final. ¿Qué podemos considerar nuestro excepto la energía, la fuerza y la voluntad? Si yo enumerara todo lo que debo a mis grandes predecesores y a mis contemporáneos, quedaría un saldo muy pequeño a mi favor”, dice Goethe en ‘Hambre de realidad’, esa maravilla de David Shields que uno puede leer porque sigue vivo, porque se despierta y ve allí el libro de color amarillo, con su bombilla blanca parpadeando en la portada. Lo toca, lo abre por cualquier parte y huele la vida en cualquier hoja.

Seguir vivo y leerse el verano. Beberse la vida hoja a hoja. Con imaginación. Con alegría. “Yo no hago nada sin alegría”, dice Montaigne. O decía. ¡Qué bello es vivir! ¡Qué original, chamaco!

 

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