Yo soy nadie

Toda esa gente con la que me cruzo, que habla, calla, va rápido y lento, triste o feliz, que camina extraña por una lengua de cemento lunar, agrietada, preindustrial, sucia, una lengua de obra inacabada sin memoria, fosilizada de pasos, gestos, conversaciones que se desmoronan en esta primavera que exprime la pulpa del último hálito del invierno y deja sólo los restos de un esqueleto de aromas como antesala de un futuro incierto.

Escucho a la gente que pasa, lo que harán la próxima semana. Una mujer que dice a un hombre: “Yo soy nadie, ¿Quién eres tú?”. Y esas palabras que no son para mí, me atraen como un imán e intento hacer todo lo posible por seguir el hilo, por ver qué viene luego antes de alejarnos, si es sólo una ironía o el principio de una crisis, o el verso de un poema de Dickinson. Pero nos distanciamos y sólo percibo el balbuceo de una respuesta tras un silencio incómodo, como si anduviéramos por el esternón de un monstruo mitológico, por la oscuridad de una pesadilla nueva. Yo soy nadie, ¿Quién eres tú?, repito en voz baja, yo soy Nadie, Nadie, Nadie…y casi hasta lo entiendo.

La Gran Desilusión

“La gente es, por definición, menos infeliz de lo que cree. La mayoría de las crisis conyugales se resolverían si pudiéramos contemplar las mezquindades cotidianas en casa de otras parejas. Bastaría una webcam en el salón del vecino para resolver buena parte de los divorcios. Pero no podemos…por suerte. Preferimos abrazarnos al relato de nuestra propia desdicha, con la intensidad nerviosa de los adultos que siguen durmiendo con peluches”, dice Javi Gómez en La Gran Desilusión.

Me miro los zapatos. Los cordones que bailan de un lado al otro del pie. Quiero caminar hasta cansarme. Cruzarme con toda esa gente que se siente infeliz, que se siente nadie, memorizar su anonimato. Mi ausencia reafirma mi yo, dijo Fogwill, o creo yo que dijo Fogwill, en esta mañana en la que me alejo tanto que cojo un taxi para volver, como cuando hace unas semanas caminaba por Berlín y me adentré tanto por Tiergarten que era incapaz de volver, presa de un pánico y un frío animal, de una soledad como de haberme quedado solo en el mundo, varado entre la tarde y la noche, a esa hora en que cualquier cara es un misterio, cualquier sombra un delirio.
“A principios

Inferior.

de este siglo, los habitantes de Londres se sorprendieron ante una revelación sobre uno de sus grupos de trabajadores más típicos. Al parecer, los cerebros de los conductores de los famosos taxis negros de la ciudad, célebres por conocer incluso las calles más sinuosas y escondidas, sufrían alteraciones físicas debido a su trabajo. Eleanor Maguire, neurocientífica del University College de Londres, había descubierto que la fatiga mental producto de memorizar el callejero -conocido como The Knowledge- con sus más de veinticinco mil calles y miles de referencia, podría alterar el tamaño del hipocampo de un conductor, una región asociada a la memoria. El hallazgo (…) ayudó a confirmar una idea: que el cerebro no termina de desarrollarse en la infancia, sino que sigue siendo moldeable a lo largo de la vida”, asegura Angela Saini en Inferior.

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