1926

31 diciembre 2025

La horizontalidad es erótica, revolucionaria, antimoderna, una postura contra el rendimiento y el capital. Una oda a la espera, a la demora. Una bofetada al amo. Al patrón Vasques, que representaba para Pessoa la banalidad y la monotonía de la vida, todo lo exterior, lo superficial de la oficina en la Rua dos Douradores.

A Marilyn Monroe le sentaba bien tumbarse. Tampoco es que perdiera de pie. De joven trabajó en una fábrica de municiones. Ella ponía la dinamita. Se casó con un vecino a los 16 años para evitar volver al orfanato y sufrir nuevos abusos. Dormía con unas gotas de Chanel Nº5 y le excitaba Einstein. Leía a Tolstói, Joyce, Proust, Rilke o Whitman. Dicen que tenía 11 dedos en los pies y un coeficiente intelectual de 168. ¡Rumores!

«Si hay un misterio inagotable e insondable en la historia del cine es Marilyn. Por esas cosas del destino, llegan a mis manos documentos con las notas que Anna Freud tomó durante el verano de 1956 sobre las sesiones que tuvo con Marilyn Monroe. Anna se encuentra en su diván con una mujer contradictoria, asustada, explosiva, ambiciosa, mucho más cultivada de lo que cree. Una mujer que juega con su poder de seducción: una mujer capaz de desdoblarse en una niña asustada con una infancia de pesadilla que contempla, no sin estupefacción, como Marilyn se convierte en la mujer más deseada del mundo», escribe Isabel Coixet en «Te escribo una carta en mi cabeza».

A Marilyn, que nació en 1926 y que cumpliría en unos meses cien años, como la Reina de Inglaterra, Fidel Castro, John Coltrane o mi abuelo Luis, la moldearon los dioses en persona. La hicieron con más curvas que la Ruta de los Tres Valles, en La Rioja. Nos la dejaron por aquí un tiempo para que pudiéramos disfrutar del paraíso en la tierra.

En la fotografía de este post la vemos junto al fotógrafo Douglas Kirkland, que se toma su tiempo, el muy pillo. Toman champagne Dom Pérignon mientras suena Frank Sinatra. Si fuera por él todavía no habrían terminado. La actriz llegó a la sesión, como era habitual, con dos horas de retraso. Su agente lo tranquilizó: «Ella siempre aparece». Luego pidió quedarse a solas con el fotógrafo. Debía desenvolverse bien en las distancias cortas.

«Ya en la vejez andaba encorvado. Como si le pesara sobre los hombros el recuerdo de unos brazos. Los de una mujer. Los que le ceñían felices cuando el amor todavía parecía posible. Antes de que todo se rompiera. Antes de que llegaran las otras. Y los otros. Y los barbitúricos en la mesilla de noche. Caminaba cargando con la sombra de los brazos resplandecientes de Marilyn. Arthur Miller, alcanzado por una edad que a ella le negó la tristeza, llevaba todavía encima el peso de aquel matrimonio marchito», asegura Marta Fernández en «No te enamores de cobardes».

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