Teorizando entre lechugas

31 enero 2026

Hace más de 70 años, Samuel Beckett heredó de su madre un dinerillo. Compró un terreno cerca de Ussy-sur Marne, un pueblo francés ubicado entre campos de remolacha. Más tarde, con lo que ganó del estreno teatral en París de su obra Esperando a Godot, se hizo una casa con un huerto-jardín, un escondite para escapar de la vida social que tanto le horrorizaba. Era un sitio humilde: salón-cocina más una alcoba. «Es Godot quien la ha construido», ironizaba.

El poeta-jardinero Teodor Ceric recuerda que el irlandés se iba allí semanas enteras y las pasaba en soledad, teorizando entre lechugas, escribiendo desnudo al sol, leyendo a Dante, bebiendo vino mientras tocaba el piano y veía caer la noche. «Mi viejo cuerpo estúpido está aquí, solo con la nieve y los cuervos, y con el cuaderno escolar que se abre como una puerta para dejar que me hunda en la oscuridad, que ahora resulta tranquilizadora», afirmaba.

A veces se ponía su pullover rojo o amarillo, y salía a caminar durante horas. Hacía distancias largas de hasta veinte kilómetros. Tuvo que construir un muro junto a la vivienda, con esos cristales rotos que se colocaban antaño en los bordes de las tapias como única medida de seguridad. Buscaba evitar que las personas que pasaban por allí metieran las narices en sus asuntos.

«Uno no sabe si decir jardín, si decir huerto, si decir qué. El pedazo de tierra que rodea mi casa fue viña y patatal y ahora quiere ser bosquete de cerezos y también un mar de helechos. Me gusta verlo verde y salvaje. Voy plantando lo que puedo, sobre todo árboles, y también alguna cosa de comer. No es lugar que quiera mantener obsesivamente, ya que nadie corta la hierba, nadie protege los plantones de tomate, nadie poda los árboles. Uno quiere dejar a las plantas en paz, como hacen los sabios mejores con todo lo vivo. Todas las criaturas son aquí bienvenidas, también la marta y el jabalí. Ningún estropicio es comparable al miedo al estropicio», asegura Carlos Risco en «Objetos a los que acompaño».

Beckett intentaba proteger con denuedo el jardín de las familias de topos. Trabajaba en él durante horas. Cortaba el césped con una segadora eléctrica. Rastrillaba la hojarasca en otoño. «No comprendo por qué me gusta tanto», le explicaba en una carta a un amigo. En otra, según señala Ceric, escribió: «Mañana sembraré las espinacas y plantaré los puerros. Estoy recogiendo las ciruelas claudias para hacer nuestro aguardiente… ¡He comprado una carretilla, mi primera carretilla! Funciona muy bien, con su única rueda. Vigilo la vida amorosa de los escarabajos de la patata y lucho contra ellos, con éxito pero humanamente, es decir, tirando a los adultos al jardín del vecino y quemando los huevos. Ojalá alguien hubiera hecho lo mismo conmigo…».

«Al escarabajo de la patata le gusta viajar. Me lo encontraba en el camino de Can Quadres. Se dirigía a una casa que había sido de las mejores de Arbúcies, que, cuando yo era chico, albergaba las caballerizas de la Guardia Civil. En el camino de Can Quadres encontraba a menudo un escarabajo de la patata que se paseaba distraído. Otros coleópteros, como al Timarcha tenebricosa, son especialistas en cruzar caminos. En el mes de febrero aparece uno que corta la pista en diagonal: la primavera está a punto de empezar», señala Julià Guillamon en «Mariposas de invierno».

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