Ellos eran París
El conde Klossowski de Rola, más conocido como Balthus, vivió algunos años en el Chateau de Chassy, donde fingía ser descendiente directo de una familia noble que se remontaba a la Edad Media. En 1950 se había cansado del ajetreo de París y empezó a suspirar por un castillo. «Tengo más necesidad de un chateau que un campesino de una barra de pan», comentó en cierta ocasión.
Aunque Balthus estaba sin blanca, consiguió alquilar, después de varios años de búsqueda, uno cerca de Nièvre, entre Avallon y Autun. La fortaleza, de torres redondeadas en las esquinas y ubicada al pie de una colina, estaba amueblada pero en un estado lamentable y no tenía calefacción. Hasta entonces había estado deshabitada, «hasta que llegó un parisino lunático y su fulana». Así se referían a ellos los lugareños.
En la primavera de 1954, la fotógrafa Dora Maar, que se refugiaba en la Provenza tras su ruptura con Picasso, se animó a visitar al pintor a su residencia. Acompañada por el historiador del arte James Lord, este le propuso a la artista avisarlo antes por teléfono. Dora soltó una carcajada. Balthus no tenía ni para pagar la electricidad.
«En su entrega a Picasso aparca su propia obra. Ejerce para él de amante, de impulso, de modelo y de agente inmobiliario en una trama alambicada de relaciones cruzadas y destructivas. Ella le consigue el taller de la Rue des Agustins donde el Guernica toma forma y claridad tras el bombardeo de la Legión Cóndor en el pueblo vizcaíno. Él la retrata en las cuatro mujeres que gritan, y huyen, y lloran en el lienzo. Ella registra cada paso del pintor, del acierto al arrepentimiento», escribe Antonio Lucas en «Vidas de santos».
Se pusieron en camino. Una vez que llegaron, después de haberse perdido, llamaron a la puerta del castillo pero nadie respondió. Entraron y tras mirar por varias estancias encontraron a Balthus y Léna, su ama de llaves, en la mesa de la cocina. «Un sola bombilla colgaba de un cable del alto techo, y había varios cubos y calderos repartidos por la habitación para recoger las gotas de agua que caían con obstinada regularidad del techo», explica Lord en el libro que le dedica al artista polaco-francés.
Para un hombre solitario, huraño y arisco como un gato azul ruso, aquella autoinvitación no le hizo demasiada gracia. Le costó encontrar dos tazas y dos sillas más para sus inesperados invitados. Luego les enseñó su taller, «que estaba hecho un desastre, con el suelo repleto de trozos de papel, algunos de los cuales eran dibujos».
«Dora fue su musa durante un tiempo. Picasso la pintaba sin cesar: muchos son los cuadros con la imagen de Dora deconstruida, triturada, enigmática, a trozos. Maar lo fotografía constantemente y el pintor se convirtió en su obra. Dicen que uno era la sombra del otro. Ellos eran París. Siempre juntos. Dos genios agarrados de la mano», señala Loreto Sánchez Seoane en «Te quiero viva, burra».
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