Los gabinetes de curiosidades
Hubo un tiempo, en la Italia renacentista y también en la barroca, en el que estuvo de moda la recolección de plantas y árboles que daban frutos imperfectos, con extravagantes mutaciones. Esa deformidad, sin embargo, les confería una belleza especial.
Nacían con forúnculos, con verrugas, con la piel picada o en forma de dedos. Muchos de ellos eran cítricos, como los limones bizarros, y pertenecían a las familias más ricas y poderosas de la época.
Durante el siglo XVII, los huertos de las villas de estos aristócratas italianos se convirtieron en la prolongación, a la intemperie, de los gabinetes de curiosidades, los wunderkammer.
Estos museos privados sobre la curiosidad estuvieron en boga entre 1540 y 1740 y en ellos se reunían todo un microcosmos de objetos de lo más variopinto, que se ordenaban en varias secciones: naturalia (productos de la naturaleza como fósiles, minerales, gemas, animales disecados, esqueletos o plantas) y artificialia (cosas creadas por el ser humano como relojes, armas, obras de arte, libros o instrumentos de medición).
«Tengo sobre la mesa de la entrada estas rocas regaladas y encontradas. La serpentina que antes de mármol verde fue agua termal en el lecho de Pangea, la obsidiana que era el calor de este planeta vivo y después usaron como espejo y remedio; la pizarra que vivió como arcilla, el ámbar que antes de fósil fue resina, el cristal de cuarzo que un día rompió el suelo para recordar su poder…Cada roca ha llegado en un bolsillo y se ha ofrecido con sonrisa y mano abiertas. Son importantísimas. Estos pedacitos de tierra compactada, calor viejo de la panza del mundo, nos recuerdan que este planeta es un ser vivo y caliente, con océanos interiores de fuego líquido y mineral», explica Carlos Risco en «Objetos a los que acompaño».
La idea de estos gabinetes de curiosidades era poder representar el conocimiento universal y el poder del hombre para abarcarlo, en un claro intento de imitar la creación primordial, divina.
Para el filósofo Francis Bacon, estas colecciones, que tuvieron una influencia capital en la composición y configuración de las ciudades utópicas de Tommaso Campanella o en la que él mismo imaginó con el nombre de Nova Atlantis, debían recoger todo lo extraño que hubiera hecho la mano del hombre, ya fuera «mediante arte o máquina exquisita, cuanto la singularidad, la oportunidad o el azar de las cosas, cuanto la naturaleza o el azar haya forjado en punto a seres vivos».
«Arnold Hauser escribía que la pintura de Brueghel refleja la falta de sentido y la incertidumbre que acompaña a los seres humanos a su paso por el mundo, que se reflejan en la concepción calderoniana de que la vida podría ser un sueño con un brusco despertar», escribe Pedro García Cuartango en «Iluminaciones».
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