Cocinas
Amo las cocinas. Me serena pasar tiempo en ellas. Me dan seguridad, tranquilidad, como los cementerios. Hacer de comer. Limpiar los cacharros. Tomar una copa de vino mientras alguien me cuenta un chismorreo.
La primera de mi vida era estrecha y compacta como la del Mibu, en Tokio, el único no-restaurante del mundo que tiene una única mesa para ocho comensales. Siempre está lleno. Da igual el dinero que manejes: sólo puedes comer allí si eres uno de sus 300 socios o si le caes en gracia al matrimonio Ishida, propietarios del establecimiento. Al igual que para los rusos, la cocina fue en mi infancia un lugar sagrado. El santuario donde descubrí las cosas esenciales de la vida.
«Yo soy un tipo raro. Me tiro un día descansando y ya estoy pensando que estoy perdiendo el tiempo. Haga lo que haga y pase lo que pase, mi sitio es la cocina, porque es donde me apetece estar. No puedo evitarlo. Mi hobby es mi pasión y mi pasión es mi trabajo. Una de mis mayores aficiones es coleccionar libros de cocina. Y leerlos, claro. Al final no es una cuestión de que necesite desconectar: no desconecto porque no quiero», dice el cocinero David Muñoz en «Fuera de carta», obra de Rodrigo Varona y Javier Márquez Sánchez.
Allí mismo, al fondo de la cocina, sentado en el poyete de granito, mi madre me enseñó el abecedario con la paciencia de una araña cangrejo. La necesitaba: su hijo era un zoquete, un tarugo con cabeza buque, más ausente y perdido que el presidente francés Jacques Chirac la noche en que murió Lady Di.
Querían comunicarle la trágica noticia. Nadie pudo localizarlo, ni en el Palacio del Elíseo ni en su domicilio particular. Su mujer Bernadette tampoco tenía ni idea dónde podía estar su marido. Sus biógrafos sí lo sabían: andaba en la casa de la actriz italiana Claudia Cardinale, con la que tenía uno de sus muchos romances.
«Grossouvre era, en realidad, el ministro de la vida privada de Miterrand. Fue él quien le convenció de instalar a su amante, Anne Pingeot, y a su hija Mazarine, de la que era padrino, en el piso debajo del suyo, en el Quai Branly, una dependencia del Elíseo. Como Mitterrand, Grossouvre llevaba una doble vida: entre semana vivía con Nicole en su residencia oficial y los fines de semana regresaba junto a su mujer e hijos a su domicilio provincial», escribe Iñaki Gil en «Arde París. La nueva revolución francesa».
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