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El Independiente – Ana Iris Simón

Extracto del medio de comunicación

«El progresismo es una huida hacia adelante que nos ha llevado a vendernos»

A Ana Iris Simón (Campo de Criptana, Ciudad Real, 1991) que dice que escribió Feria (Círculo de Tiza, 2020) para que lo leyera su padre, la quieren de hija adoptiva en la derecha mediática y en la política. A ella, que ha conseguido uno de los fenómenos editoriales de este final de año a base de contar la historia orgullosa y cruda de su linaje, feriante y primordialmente comunista, resulta que le ha empezado a seguir en Twitter Santiago Abascal. Qué cosas: la piropea media España porque la otra media, su destinatario urgente, aún no la ha leído.

La izquierda con sensibilidad, aunque sea táctica, escuchará su alarma. Y otra la enterrará en el cajón de los rojipardos como hizo siempre con Julio Anguita, hasta el día de su muerte, pese a que a Ana Iris no le gusta ver su nombre junto al del Califa «ni de puta coña» de puro pudor admirativo.

Baronesa manchega y mancheguista de la izquierda cultural, como una García-Page del moderneo, provoca sin querer y queriendo. Cita a Ramiro Ledesma y al meme de los perros con la misma solvencia y la misma ausencia de complejos. Defiende que la familia es una institución necesaria, que la masculinidad sigue siendo atractiva, que la igualdad forzosa le hizo un favor al sistema capitalista, que la adolescencia eterna es una cárcel para el alma y que le gustaría tener casa y niños aunque, al borde de los 30, no tenga ninguna de las dos cosas y eso parezca lo normal y lo deseable en una sociedad que progresa…¿hacia dónde?

Pregunta.- El otro día leí a una persona que, hablando de tu libro, decía que reivindica «cosmovisiones conservadoras». Y que las hace pasar por revolucionarias.

Respuesta.- Yo creo que, llegados a un punto, lo revolucionario es conservar ciertas cosas. El modelo socioeconómico ha disuelto la familia. Se critica a la familia diciendo que es algo ‘carca’ y yo me río mucho porque, si eres marxista, la familia es el núcleo primero en el que se cumple el ‘de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades’. Es el gran núcleo de solidaridad en ese sentido. Y luego, llegado a un punto de disolución de la familia, tienes un modelo que te empuja a estar trabajando para tener a los viejos aparcados en residencias y a los niños en guarderías. ¿Lo revolucionario es seguir esa huida hacia delante? Pues no, igual es dar dos pasos hacia atrás.

En una entrevista mencioné una frase de C. S. Lewis que habla de que cuando estás viendo que ir hacia adelante no funciona, igual lo más progresista es dar dos pasos para atrás. Yo creo que también esto es lo de siempre, la modernidad. Llevamos ya cinco siglos diciendo: «Lo que viene siempre es mejor». El avance tecnológico, el Renacimiento, el hombre nuevo… Pero es que llevamos tiempo dándonos contra una pared constantemente y también es momento de revisar si la revolución también es conservar ciertas cosas. De hecho, revolución significa etimológicamente «volver».

Probablemente tener tres hijos y criarlos es de las cosas más revolucionarias que haga Irene Montero, aunque sea en la guardería del Congreso

P.- Hablas de muchos conceptos manoseados como el fascismo, o el feminismo. El progresismo está a ese nivel.

R.- Sí, está totalmente devaluado pero es, por defecto, bueno. Tú dices dictadura socialcomunista y ya se te pone de uñas todo el mundo; dices fascismo y se te pone de uñas todo el mundo aunque no exista. Sin embargo, dices progresismo, y aunque sí exista y sea una huida hacia adelante que nos ha llevado a vendernos en nombre de no sé muy bien qué, todo el mundo de todas las ideologías lo va a ver como algo positivo. Hay muy poco cuestionamiento a la idea de progreso que llevamos arrastrando y yo creo que en España con más incidencia por nuestra historia reciente. Mi padre me decía: «Pero, Ana Iris, ¿cómo no íbamos a querer entrar en la Unión Europea si mi padre me traía de Alemania chicles con cromos y aquí en España había unos chicles de mierda?».

La historia reciente de España ha consistido en hipotecarse para no sé muy bien qué en nombre del progreso, de la modernización, de ser lo más parecidos a Europa y de quitarnos los complejos de hermana fea y mediterránea, igual que con Portugal o con Italia. Y catolicona y atrasada. Todo en nombre de un progreso que no se ha puesto todavía en cuestión. Desde la derecha utilizan otras palabras para atacar a la izquierda, pero yo utilizaría precisamente esa y diría: «¿Progreso, cuál? ¿Cuál era tu progreso?».

P.- Corres el riesgo de que te entre complejo de Verstrynge. Abascal te ha seguido en Twitter. ¿Cómo te sientes al ser una musa conservadora?

R.- Pero yo no vengo de Alianza Popular, esa es la diferencia (ríe). Creo que es lógico que me presten más atención desde la derecha, pero tampoco estoy de acuerdo con sus postulados, porque al final Vox no deja de ser un partido liberal más en lo económico. Está muy bien que quieran venderse como un partido conservador que da la batalla cultural y que quiere proteger a las familias españolas y a España, pero luego te estás reuniendo en la ‘City’ bajo cuerda y tienes a Espinosa de los Monteros vendiendo España al mejor postor y defendiendo que a los trabajadores españoles se les pueda despedir mientras están de baja. Me recuerda a cuando Rufián le leyó el texto que hablaba de que los obreros que votan a Vox que sepan que es esto. Se podía decir lo mismo de Rufián: los que votan a Esquerra, que sepan todo esto también. Pero criticó realmente un modelo económico y social al que Vox representa.

Con el libro me voy a llevar el aplauso de unos y de otros, pero también los reproches de unos y de otros. Quizá molesta a ciertos sectores que siguen abanderando la cuestión del progresismo o que conciben la familia como algo que tienen que disolver y que tiene que dar lugar a otras cosas. Al principio de esta pandemia, leía un artículo de la Open Society Foundations de Soros y decía que, con esto del coronavirus, la familia ya sí que sí se tiene que disolver. Es una cosa que a mí me parecía de Gilead, de El cuento de la criada. Señores, ¿este es su progreso?

Por eso, me gustaría saber quiénes son reaccionarios realmente, si quienes están proponiendo estas soluciones o yo. También le pasaba, que no quiero compararme con él ni de puta coña, a Anguita en cierto momento e incluso en sus últimos momentos. Se le utilizaba desde la derecha para atacar a la izquierda. Pero es que, si como persona de izquierdas tengo que seguir acríticamente lo que diga el ‘amado líder’, apaga y vámonos. Y el ‘amado líder’ sigue, a la vez, lo que dice Ana Patricia Botín y Pedro Sánchez. Ser de izquierdas al final es como el que tiene un tío en Alcalá. Creo que es normal que me presten atención desde posiciones de derechas porque les sirvo como arma arrojadiza, pero no estoy con ellos, estoy totalmente en contra de lo que representan a nivel económico. Me llama mucho más la atención cuando hay liberales a los que les gusto.

P.- En muchos pasajes del libro no podía evitar pensar en Irene Montero. 32 años y tres hijos, eso sí que es revolucionario.

R.- Ella lo dijo. Daniel Gascón, autor de Un hipster en la España vacía, hace unas ilustraciones que a mí me gustan mucho y tenía una que yo no sé si era por Irene Montero o no, pero justo ella acababa de dar la entrevista en Vanity Fair donde decía que en las relaciones de pareja era conservadora. Y esa ilustración de Gascón decía: «Soy conservadora en mi vida privada y revolucionaria en la tuya».

Al final sí que es verdad que tenemos de enarbolada de ciertas causas a una persona que ha tenido tres hijos joven, porque ha podido. Un montón de mujeres, aparte de no querer, no pueden. Sí, probablemente tener tres hijos y criarlos es de las cosas más revolucionarias que haga Irene Montero, aunque sea en la guardería del Congreso.

P.- ¿Qué ha truncado más nuestra evolución como individuos, el liberalismo económico o el social?

R.- Los dos. Yo creo que la izquierda lo ha hecho muy bien durante muchos años y ha hecho un gran trabajo en señalar sobre todo lo relativo a los jóvenes. Pensemos que los que llevaban el cartel de ‘Sin curro, sin pensión, sin casa’ ahora están en el Congreso y han hecho un trabajo enorme para señalar la cara material del liberalismo, cómo nos afecta a los jóvenes, la precariedad en la que nos sume. Pero sí que creo que no se ha querido señalar, porque afecta directamente a la responsabilidad individual, la otra cara, la que no es material, que es lo que tiene que ver con nuestra visión, con lo que queremos ver, con lo que deseamos y con esa falsa apariencia de libertad de elecciones. Creo que las dos. Y no podemos negar que existen ambas. Vox niega que existe una, que es la económica. Y la izquierda niega que existe la otra, que es la antropológica. Y en medio no hay nada, no hay nadie que señale, grupos puntuales quizá, como el Frente Obrero. Por eso a Verstrynge se le ve como un ‘maverick’, como decía Esperanza Aguirre que era ella. Al final es un verso suelto, aparte de por su trayectoria, porque señala muchas veces esa cara, tanto que Podemos se lo ha quitado de encima.

Me he dado cuenta de que no quería tener hijos en Madrid. Lo que pasa es que voy con 10 años de retraso y tengo muchas veces la sensación de que voy tarde

P.-  Decías en el libro que de niña te gustaba ir al Leclerc, al Pizza Hut y al Burger. ¿Qué opinión tienes ahora de tiendas como Primark?

R.- Yo, por de donde vengo, me resulta también muy difícil no disfrutar de ir a un centro comercial, porque he sido educada en la clase obrera, y me decían: «Nos vamos a ir al Xanadú». Y yo me iba al Xanadú a ver cómo esquiaban otras personas y a comer en el McDonald’s. Entonces, me es muy difícil rechazar todo esto y ser coherente. Muchas veces se pide a gente de clase obrera que no vaya al Primark o desde el Ministerio de Consumo dicen que suben los impuestos a la comida basura. Joder, está muy bien que me digas eso con tu ropa de Ecoalf, que cuesta 500 pavos, con tu ropa reciclada y pudiendo comer pan de masa madre todos los días y tomates de huertos. Entonces, pienso que ojalá no existieran [estas tiendas] por lo que representan, pero lo entiendo. Y no creo que poner el foco y criminalizar en aquel que va, porque seguramente tampoco pueda ir a otro lado, porque precisamente el mismo modelo económico le ha empujado a que querer comprar, comprar y comprar sea algo que debamos hacer.

P.- ¿Qué te atrae de la vida de tus padres a tu edad?

R.- El otro día lo pensaba, porque yo en el libro digo que me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad, que de aquellos barros vienen estos lodos. O sea, de la generación de mis padres y de cómo nos educaron, en parte rechazando todo lo anterior. Que era normal que lo rechazaran. Pero es cierto que lo que tenemos ahora y cómo es mi generación es producto también de la de mis padres. Es paradójico que los envidie, porque volver dos pasos para atrás sólo significaría que dentro de 20 años estaríamos como ahora.

Lo que me da envidia es que no quisiesen alargar la juventud hasta el infinito como hacemos nosotros, querer y poder tener hijos jóvenes. Y me he dado cuenta de que no quería tener hijos en Madrid. Lo que pasa es que voy con 10 años de retraso y tengo muchas veces la sensación de que voy tarde. El otro día me decía un chaval de Twitter: «Es que tengo la sensación de ir tarde». Y tiene 20 años. Es muy difícil para alguien ahora querer llevar cierto tipo de vida, aparte de que está estigmatizado, mucho más con las mujeres. Si eres madre joven piensan que ha sido de penalti y que «¡madre mía, pobrecita, ha arruinado su juventud!». O que está echando por tierra las oportunidades laborales que pudiera tener. Y es que es curiosísimo cómo hemos asumido todos esos imperativos del capitalismo de que prime la vida laboral, y luego ya la familia. ¿Qué clase de progreso es hipotecar tu vida por un trabajo? Por ejemplo, la gente que se va por amor. Dices: «Menuda esta que se ha ido a vivir a Nueva Zelanda sólo para perseguir a su novio y ha renunciado a su trabajo de aquí y a su familia». Ya, pero quien se va a Nueva Zelanda para ser becario en una empresa está haciendo lo correcto y persiguiendo su sueño… A ese señor de la primera pregunta le respondería esto, que cuál es su revolución, si es la de renunciar a todo por un modelo económico y bailarle el agua pensando que estás siendo revolucionario.

P.- Si la gente de nuestra generación acabamos siendo padres ancianos, ¿la generación futura rechazará cómo vivimos nosotros ahora?

R.- Los movimientos son pendulares. Como producto de la modernidad nos creemos que el dos es mejor que el uno sólo porque viene después. No. Igual que nosotros estamos impugnando ciertas conquistas de nuestros padres, a nosotros se nos impugnará y se nos echará en cara. Es inocente, idiota y soberbio pensar que no, que estamos haciendo todo lo correcto. A todas las generaciones se les pueden echar cosas en cara.

La ciudad te empuja a unas cosas y el pueblo a otras, pero al final eres tú. Tendemos a externalizar la culpa todo el rato

P.- ¿Te causa rechazo Madrid?

R.- No, me da mucha alegría venir. A mí me gusta mucho. Leía un artículo en el que decía lo gilipollas que éramos todos los que nos habíamos ido porque veníamos aquí a presumir del cielo de no sé dónde. Y yo creo que hemos culpado a la ciudad de todos nuestros males, igual que culpamos al pueblo cuando nos fuimos. Yo me fui de Aranjuez pensando: «Menudos paletos estos que se quedan, que prefieren comprar en el Tony’s Fashion en vez de en el Pull&Bear». Me fui pensando eso y culpando a mi comunidad de todos los males. Y yo creo que también muchos hemos dado el paso de irnos de Madrid culpando a la ciudad, cuando en realidad el mal eres tú y tu momento vital.

Yo estaba muy cansada de socializar por defecto y nadie te pone una pistola en la cabeza para hacerlo. Sí que la ciudad te empuja a unas cosas y el pueblo a otras, pero al final eres tú. Tendemos a externalizar la culpa todo el rato. En esto también.

P.- Había alguien que decía que uno no se va de Malasaña, sino que monta franquicias de Malasaña allá donde va…

R.- Exacto. Lo que no tiene sentido es que tú, que incluso has vivido en un pueblo y conoces su realidad, vengas con tu lógica urbanita a un pueblo a tratar de civilizar a los salvajes. Ni hacer tu cooperativa ecológica de cuatro colegas con envoltorios súper guays cuando ya hay una cooperativa en tu pueblo aunque envuelvan sus cosas en plásticos.

Ontígola me ha hecho conocer las comunidades orgánicas en todo lo que representan, lo bueno y lo malo, sin caer en la romantización del rural, y a crecer mucho en comunidad. Con cinco años yo me hacía periódicos y los iba a vender de casa en casa. Y ahora pienso: «¿Qué niño puede hacer eso en un pueblo que no sea de mil habitantes?». O escaparme a misa.

P.- ¿Qué le debe tu personalidad a haber vivido en un pueblo como Ontígola (Toledo)?

R.- Yo creo que mirar mucho, porque al final yo en Ontígola no tenía otra cosa que hacer porque no había niños. Hasta que vino una vecina que se llamaba Bárbara, estaba sola casi siempre. Mi hermano es diez años menor que yo, yo he pasado mucho tiempo sola de pequeña.

Lo que sí que me he dado cuenta después es de que hay que darle valor a las comunidades orgánicas. O al menos conocerlas en su complejidad y no pensar que son una arcadia feliz como pensamos todos los que nos mudamos ahora, que nos vamos a dar una hostia tremenda al ver la realidad de los pueblos. De nada sirve irte de Madrid con esa lógica urbanita y pensar que el pueblo va a ser exactamente lo mismo y tratar de colonizarlo y de civilizarlo.

Ya se está hablando de cómo serán los que vengan después. ¿Y tú qué cojones sabes cómo van a ser los hijos que no tengo todavía?

P.- ¿Qué piensas del término millennial?

R.- Se habla mucho de identitarismos y nadie habla del identitarismo de las generaciones. Supongo que es más una cuestión de marketing que otra cosa. Las generaciones antes venían marcadas por eventos importantes, una guerra, una hambruna. Pero es que ahora las marcan añadas y fragmentos de tiempo. Se van dando profecías: «Los millennials sois tal, tal y tal». Y se va dando la turra, y los medios te van sesgando en ese sentido. Y cuando La Sexta hace su podcast para millennials -que a mí me flipa todo esto de los programas sesgados por edades, porque es un signo más de esas cosas gregarias de agrupar la realidad en cajoncitos- al final es una profecía autocumplida de «los millennials son de tal manera por haber crecido en tales condiciones económicas». Los medios te bombardean y crean programas ad hoc… Mi libro tiene mucho de generacional, cuando hablo de la música que había en ese tiempo o del ocio, la gente más capaz de reconocerse es la que ha crecido en ese tiempo. Se mercantiliza todo y con las generaciones está ocurriendo eso. Ya se está hablando de cómo serán los que vengan después. ¿Y tú qué cojones sabes cómo van a ser los hijos que no tengo todavía?

P.- ¿Nos hemos hecho más ofendiditos por el paso de la edad, de las generaciones o por las redes sociales?

R.- Fíjate que yo creo que también tiene que ver con la disolución de las comunidades orgánicas. En una comunidad orgánica tú no puedes evitar que en la fiesta patronal tu colega vote a Vox. Por ejemplo, mi padre cuando va al bar de su amigo Paquito, tiene a su amigo sordo que es del Real Madrid y habla con él en lenguaje de signos porque ha aprendido. Ha aprendido a lidiar con el que tiene una ideología distinta a él y yo creo que esta polarización, o que las cosas nos afecten tanto, tiene que ver con que cada vez nos movemos en comunidades más electivas, que tienen que ver con la militancia, con lo que yo me identifico o con un compromiso político que me concierne y en el que me implico, y estamos cada vez más metidos en burbujitas. Tiene mucho que ver con las ciudades y con dónde vivimos mayoritariamente los jóvenes. Es normal que en las ciudades las comunidades sean selectivas, porque eliges dónde quieres vivir o dónde puedes.

Y también con importar modas americanas y tener que adaptarlo aquí chuscamente, porque todavía seguimos en el ‘Bienvenido, Mr. Marshall’. Y si hay que ofenderse, hay que ofenderse. Y si hay que decir que los negros están marginadísimos, están marginadísimos, aunque en España la realidad racial y racista vaya en un sentido diferente. Se quejaban los gitanos, con toda la razón del mundo, cuando todos estábamos con el Black Lives Matter. Era como: «Tío, pero si eres un puto racista con el gitano de tu barrio». Pero tiene que ver con eso, con que cada vez nos movemos más en comunidades selectivas y no orgánicas. El otro día estaba con una mujer más mayor, de Vox, que nos preguntó a quién votábamos. Yo voté a Podemos en las últimas elecciones, y me decía: «Yo nunca había conocido a nadie que votase a Podemos». O en Telva, cuando trabajaba allí, alguien preguntó: «Pero, ¿quién vota a Podemos?». Y yo le respondí: «Pues yo y todos mis amigos». Tiene que ver con las cavernas en la que cada cual está, que nos impiden ver al otro.

P.- Al final, qué bien le vendría a la gente tener unos padres de una ideología diferente. Les tienes que querer igual, pero te hacen replantearte muchas cosas.

R.- Por eso te digo que tiene que ver con esto. Y con considerar que el otro no es un interlocutor válido. La cultura de la cancelación, que es otra cosa maravillosa que hemos importado. Pues, chico, así nos va…

P.- Cuando describes tus reuniones familiares, me ponía de mala leche pensando en los que celebran que no vaya a haber Navidades. Generalmente, gente muy joven, que se alegra de no tener que cenar con su tío de Vox o de Podemos. ¿Qué nos pasa?

R.- Me contaba una amiga que un tío suyo que es homosexual se había negado a ir a la cena de su familia porque otro tío suyo era de Vox. Y yo pensaba: «Tu hermano es el mismo hermano que el año pasado. Y, si era homófobo, es homófobo este año y hace cinco». No por el hecho de depositar una papeleta en una urna es un hermano diferente. A mí me produce mucha tristeza esto. Pero es que tiene que ver con eso, con decir que mi comunidad electiva es más importante y con no querer comprender al otro. Que también esto se azuza desde el poder. A mí lo que me jode es que estamos, como siempre, cayendo en lo que se nos impone. Si se nos está bombardeando con alerta antifascista, alerta antidictadura socialcomunista, pues eso es lo que hay. Hemos vuelto al momento pre 15-M, al bipartidismo de bloques, y mucho más polarizado que nunca.

P.- Hablando del nuevo C. Tangana cañí, decías en una entrevista que nuestra generación sólo aspira a contar y reivindicar España desde el meme. ¿No será que el meme somos nosotros? ¿Esta España no habla de sí misma?

R.- Yo creo que C. Tangana y Álvaro Santos, que es el que ha hecho el videoclip de Demasiadas mujeres, no han intentado hacer un meme, sino que, de manera sincera, han intentado plasmar una España. Pero sí que al final se cae en esa sátira, que es como… ya no hay plañideras en los entierros. No sé si C. Tangana sería capaz de articular un discurso profundo en torno a la idea de España, qué significa España, y que al final esta generación tiende a quedarse con el cascarón. Como hizo Almodóvar: España es esto, pero no va más allá. Por eso digo que somos una Generación del 98 en fatal, porque sí que estamos repensando España y hablando de los pueblos, acogiendo la imaginería española y sacándola en videoclips de raperos que tienen éxito, pero tal como lo hizo Almodóvar. Probablemente sí que haya un interés por repensar la idea de España, se ha visto en el Errejonismo, pero tampoco han sido capaces de dar ese paso. Y cuando lo hace Vox, lo hace tirando de ideas de mi abuelo. Yo creo que más que no queramos repensar España es que no podemos. Ni siquiera Podemos tiene un debate profundo más allá de lo estético. No creo que lo de C. Tangana sea riéndose, sino queriendo ser disruptivo. Seguramente habrá algo sincero, pero la sinceridad no implica profundidad.

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