Extracto del medio de comunicación

Literatura en combate de Grace Paley

Círculo de Tiza publica ‘La importancia de no entenderlo todo’, recopilación de textos de la autora norteamericana que refleja su activismo.

Una gripe tuvo la culpa de que hoy podamos disfrutar de la literatura de Grace Paley (Nueva York, 1922- Vermont, 2007). Como relata Elvira Lindo en el prólogo que ha escrito para La importancia de no entenderlo todo, una reunión de textos de la escritora que acaba de lanzar Círculo de Tiza y que ejercen como memorias de la autora, fue la fiebre, que le tuvo apartada 15 días de sus hijos, la que le permitió disponer de tiempo para dedicarse a aquello que siempre le había gustado: sumergirse en los asuntos de los otros a través de las palabras. La suerte quiso que el padre de unos amigos de sus niños fuera editor. Él fue la primera persona que escuchó la voz narrativa de Paley. Y lo hizo literalmente, pues tras la convalecencia, ella misma le leyó en la cocina de su casa los tres relatos que había urdido aquella quincena destemplada.

Anagrama editó el pasado año sus Cuentos completos, una obra mayúscula que permite al lector español acceder al mundo literario de una mujer cuya singular prosa -mordaz, humorística, imaginativa, urbana, social, cotidiana- no se había leído aquí como merecía, a pesar de que en Estados Unidos está entre los imprescindibles de la segunda mitad del siglo XX. Además, Paley es autora de tres libros de poesía y de varios ensayos, aunque nunca culminó una novela. Su producción no es copiosa, pues su vida, como queda claro en este volumen, transcurrió entre la escritura, el compromiso y la maternidad. «Paley abandonó la literatura por el activismo. Este libro reproduce las causas en las que anduvo metida: el feminismo, la Guerra de Vietnam, la vida de los barrios, la maternidad, el aborto… me identifico con su manera alegre, desprejuiciada, sincera y libre de ver la vida», explica Lindo.

Sucede así, para hablar de feminismo esta escritora no teoriza, cuenta su vida y, como abunda la prologuista, «nunca deja de ser escritora, aunque hable de política». La propia Paley lo deja dicho, esta no es una recopilación autobiográfica, pero trata sobre su vida: «Muchos de los artículos son políticos aunque aborden asuntos literarios, lo que considero natural y no deliberado».

En el primer capítulo, una Paley de nueve años, hija de una familia que se exilió de Rusia por orden del zar a comienzos de siglo, se muestra ya comprometida, como miembro de una organización de jóvenes socialistas. Más adelante, en Los días ilegales, aborda el tema del aborto desde su biografía. Su indignación ante la dificultad para conseguir anticonceptivos, su honestidad al asumir que no podía tener otro hijo («aquellos dos niños diminutos me agotaban»), sus sensaciones tras pasar por la clínica: «No me sentía mal por haber abortado. No sentí todo lo que la gente suele decir. A lo mejor he reprimido ciertos sentimientos, pero haber tenido un hijo en aquella época habría sido mucho peor para mí».

Entre otros temas, Paley repasa sus diversos puestos de trabajo, de recepcionista en una consulta médica a secretaria en la Compañía Central de Ascensores y canguro de una familia sureña. Hasta que, por fin, se hizo profesora. Entre tanto,fue ama de casa, «el trabajo peor pagado que puede tener una mujer». Compaginando todas estas tareas, Paley se fue convirtiendo en escritora. «El sentido de mi vida, que posponía hasta la medianoche y adaptaba a los diferentes lugares y trabajos, era escribir. Tardé mucho en darme cuenta pero ahora lo sé».

En el capítulo Seis días: algunos recuerdos, rememora su semana en el Centro de Detención de Mujeres de Greenwich Village por un acto de desobediencia civil contra la Guerra de Vietnam. Durante su encierro, una compañera negra espetó a los carceleros para que sacaran a aquella ama de casa de la prisión. La escritora evoca cómo sintió una suerte de claustrofobia al no tener papel y bolígrafo para escribir lo que allí estaba viviendo. Aquella cárcel, expone al final, se convirtió luego en un jardín, toda vez que el barrio donde estaba ubicada se convirtió en un nido de familias pudientes. Y es que, al cabo, también esta obra de Paley recrea la transformación de su ciudad, Nueva York (ella nació en el Bronx) y, con ella, la de un siglo de injusticias.

Quizás el ánimo combativo de Paley impidió que hoy podamos disfrutar de una obra más amplia. Murió a los 85. Pasó sus últimos años en plenas facultades, peleando contra la invasión de Irak.

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