Extracto del medio de comunicación

Javier Aznar: «La nostalgia es un eufemismo al que todo el mundo se aferra»

El Guardián, misterioso columnista de ‘Elle’, se estrena en librerías con ‘¿Dónde vamos a bailar esta noche?’ que incluye una portada diseñada por Rodrigo Sánchez, Director de Arte de EL MUNDO

Javier Aznar (Santander, 1985) es inquieto, elegante y nostálgico. Esto último lo matiza bien: «Hay que tener cuidado con la nostalgia, es muy tramposa». Pertenece a ese gremio de articulistas del instante que se detienen para diseccionar los placeres sencillos. Para comentar lo efímero e imprimir esos chispazos fugaces y mundanos; reflejos de lo que -todos- un poco somos.

Estudió Empresariales en ICADE hasta que la vida le llevó a pasearse por las aulas de Columbia con ese ardor de tinta que le recorre las venas; incesante, imparable. Y dejó los números por el placer de la escritura. Más tarde se estrenó como autor en el blog Manual de un buen vividor con artículos sobre viajes, amores, amigos, encuentros y veranos. Siguió por esa senda también en otros medios hasta que, estando en su ciudad favorita, Nueva York, sonó el teléfono. Y nació ¿Dónde vamos a bailar esta noche?, un recopilatorio de artículos sobre todo lo que Javier Aznar (o El Guardián) en el fondo, también, es.

Hasta esta publicación siempre había firmado bajo seudónimo. Ahora lo explica: «Fue accidental. No era cuestión de firmar informes financieros y artículos sobre dónde tomar el mejor gin-tonic bajo el mismo nombre. Surgió sobre la marcha. El primero que se me ocurrió fue el de Holden Caulfield. Pero no me gusta ir de embajador, ni hacer una defensa a ultranza -que tampoco creo que le haga falta- de J.D. Salinger», explica.

David Gistau firma el prólogo, donde le compara con Truman Capote. Pero aquí no hay crítica política, ni social, ni nada que se le parezca.

¿Es Javier Aznar un Capote sin las ganas de molestar del propio Capote?
Capote lo que tenía era cierta maldad y una forma particular de hacer las cosas. De provocar. Creo que estamos saturados de opinión política. Parece que todo el mundo tiene que dar una opinión sobre cualquier aspecto que suceda; a veces es hasta desagradable que estemos expuestos a este sin fin de opiniones.
La situación actual del periodismo de opinión se podría dividir entre los que recogen esos instantes propios, mundanos, y los que dedican columnas diarias a la política y toda su mezquindad.
A mí me gusta leer a muchos de los que admiro cuando escriben como lo hacía Cuartango. Cuando hay un refugio al que el lector del periódico puede acudir y no está tan involucrado. Ese tipo de artículos son los que más perduran. Dentro de cuatro años nadie se va a acordar de un mediocre diputado o de una polémica ridícula que sucedió en un tuit. Al final todo eso es caduco y lo que dura en el tiempo es la opinión general sobre las cosas. Pero esos articulistas son esclavos de la inmediatez. Si un día todos están escribiendo sobre el último caso de corrupción y tú te marcas una columna sobre el último viaje que has hecho o la última idea que has tenido en la ducha, aunque yo lo valore muchísimo, queda frívolo.

A la pregunta de si se ve trabajando en una redacción, responde que sí, pero que le cansa la sobreexposición y los «exámenes» diarios a los que están expuestos los columnistas: «Es una responsabilidad. Y a veces dices, «Pues me gustaría procesar esta información y opinar mañana con más calma y distancia». Me gustaría opinar como un francotirador con la distancia que te puede dar una columna pero tampoco es algo que me quite el sueño».

¿Relee mucho lo que escribe?
Sí. Creo que ese es el trabajo de un escritor. Me obsesiona mucho enganchar al lector y que vea que el texto fluye, que tiene velocidad, que tiene su ritmo. Eso es importantísimo porque no hay nada peor en esta vida que ser un coñazo. Que dar el turre al lector y además no hacer un esfuerzo por él, por decir: «Voy a abusar de su confianza y permitirme la licencia de que lea esto que no he releído y que sólo lo lea porque lo he escrito yo». Cada vez tenemos una capacidad de atención menor y creo que hoy más que nunca hay que hacer un esfuerzo extra por traerte al lector contigo y que te haga caso.

En esos 47 relatos a los que da forma Aznar vemos a un autor obsesionado con la nostalgia, de la que dice que funciona como un espejismo. «Me molesta mucho cuando todo el mundo dice que las películas, la música o el fútbol eran mucho mejor antes. Es un argumento erróneo: no estás haciéndolo en igualdad de condiciones. Estás comparando lo que ha llegado hasta la isla de ahora que ha sobrevivido al naufragio de la memoria porque eran obras maestras. Hace 50 años también había la misma morralla; los mismos errores, pero nadie se acuerda de eso ya porque el tiempo lo ha borrado.»

Aparte de eso, ¿qué pasa en estos artículos con la nostalgia? A veces la ensalza y a veces la detesta.
Que es tramposa. Porque cuando tú escuchas una canción y dices «qué buena es», realmente lo que estás haciendo es comparándola. Porque esa canción está asociada a un montón de recuerdos, olores, ideas o viajes. Estás enjuiciando a la canción por todo lo que tiene a su alrededor y lo que conlleva: donde estabas, la universidad, cuando hacías la mudanza… Por eso es un sentimiento muy tramposo, porque es un espejismo al que todo el mundo se aferra. Huyo de la nostalgia porque no me gusta pensar que un tiempo pasado fue mejor. Ni mucho menos.

El eje central en ¿Dónde vamos a bailar esta noche? lo marcan esos instantes rescatados que se quedaron anidados en el cerebro de su autor. Y que regresan, algunas veces, en forma de recuerdos -y lecciones-: «Y me digo, ¿por qué sigo pensando en esto? ¿Por qué coño me acuerdo tanto de este momento extraño y no me acuerdo cuando fui a ver la Gran Muralla China? Me acuerdo de esas cosas periféricas pero no recuerdo lo más importante, que sería un museo o un monumento. A veces te acuerdas de anécdotas que pasan alrededor porque de vez en cuando aprendes cosas de las que no te habías dado cuenta entonces», sentencia.

Javier Aznar consigue hacer reír en una frase y estremecer en el siguiente punto y seguido. Sus textos tienen algo del hedonismo de Fitzgerald y el detalle de Proust; de la nostalgia de Allen y el cinismo de Billy Wilder. El autor sabe de qué va todo este juego. Y, aunque Caulfield tuviera sus redecillas con la ciudad que nunca duerme, sí que hay algo de él en la forma de narrar de Aznar, que sitúa al lector en cada texto como si fuera un plano secuencia. Y son algunas de esas semejanzas las que hace recordar al guardián vigilando a aquellos niños jugando entre las ramas de centeno.

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