Extracto del medio de comunicación

Raúl del Pozo: «En las redes sociales se cocina la censura actual»

La editorial Círculo de Tiza reúne en un libro, ‘El último pistolero’ una amplia selecciónde las columnas que Raúl del Pozo publica en la contraportada de EL MUNDO.

El primer artículo de la contra: ‘Treinta vírgenes de Gadafi’

  • ANTONIO LUCAS

Ahora que el sol comienza a calentar las tardes, Raúl del Pozo sale al jardín. Tres palmos de tierra sobrados de plantas, flores, sombra y confidencias. Bajo el granado lee a Virgilio, a Píndaro, a Homero, a Marco Aurelio. Se excita con el fulgor de sus versos y sentencias. Aquí arma algunas de las columnas que escribe en la contra de EL MUNDO y se asusta cuando las frases caen al folio como un látigo de azufre. Raúl del Pozo es uno de los últimos bucardos del columnismo. Acumula una biografía tremenda, desconcertante, impaciente, generosa. Lo ha sido todo en el periodismo, incluso jefe.

Al caminar tiene un bamboleo de vaquero al que la alforja le cae suave por la paletilla. Melena blanca de patricio. Las manos duras de muchacho de serranía (Cuenca). La sonrisa breve, como un ensayo de cortesías que a veces rompe en algo más grande. En la conversación lleva siempre a punto una maldad para el político, un piropo para el joven, un centelleo expresionista que remata en un hallazgo verbal para la afición. Raúl duda mucho, por eso le sale el artículo tan seguro. Cuando no encuentra la palabra justa ladea levemente el cuello, entorna los ojos de arrapiezo, hace una piña con los dedos de la mano derecha y acaricia las yemas con el pulgar buscando la imagen precisa, la finezza. Eso es Raúl, el comandante de su propia gloria. Un Apollinaire sin poemas, pero que como Apollinaire puede hacer ya lo que le dé la gana. Aunque no es judío.

La editorial Círculo de Tiza reúne, seleccionadas por el periodista Jesús F. Úbeda, un certero repertorio de las columnas que Del Pozo publica a diario en la contraportada del periódico, donde tomó el relevo de Francisco Umbral. El título es cosa de Julio Valdeón: El último pistolero. A través de esta secuencia de textos se puede puntear la última década y enterarse, más o menos, de lo que ha sucedido en esta penumbra que llamamos España. Si uno dispone sus artículos en el suelo, éstos tienen la condición sobrecogedora que deja el contorno de tiza de un cadáver cuando el juez ordena levantar el cuerpo.

Raúl no es sólo parte del periodismo español de las últimas cuatro décadas, sino el periodismo. Se lió a golpes con aquel comisario sanguinolento, Billy El Niño. Se aupó como uno de los césares de las noches de la Transición. Estuvo en la Revolución de los Claveles. Con la misma suela pisó palacios y galpones. Casinos y marbellas. Su auto sacramental es callejero. Su lirismo abraza mendigos y tirados. No teme al realismo ni a la sangre, pero sí a los gafes. Es supersticioso como los calós y el halago le incomoda como a los budistas. Dice Arturo Pérez-Reverte que era el más guapo de Costa Fleming, el balandro de las madrugadas de Madrid en los años 70. Este hombre tiene una capacidad caníbal para el placer y maneja como nadie la gracia de los que saben que no existe vicio que no tenga su defensa.

Diez años de columnismo en la contra de EL MUNDO.
Sí. Pero este libro no lo hago por vanidad, sino porque me lo pidió la hermosa e inteligente Eva Serrano, editora de Círculo de Tiza. Va a ser la Sylvia Beach del último periodismo español… Hace más de 20 años me pusieron en la garita de la columna de opinión, con la metralleta, y he mantenido la posición sin ceder ante los políticos, los directores, los banqueros ni la efebocracia.
Y a columna diaria.
 Tengo la sensación de que soy de los últimos de Filipinas rodeado por seres muy extraños ocultos en la jungla de internet. Creí que nos iban a barrer de un solo golpe, pero aquí seguimos defendiendo el oro de Fort Knox. La palabra impresa sigue siendo una garantía de veracidad. Sólo con páginas web no habría sido posible el Watergate.
¿Qué es un columnista?
En España es un predicador sentado y con mala leche.

No es un sedentario del oficio. Sabe que fuera de las tapias del jardín sucede lo que importa. Escucha en los restaurantes, en las aceras, en los colmados, en los taxis. Así levanta ese reporterismo bonsái que aplica a sus columnas. Un periodista de calle como Del Pozo es un tipo que también depende de los jugos gástricos del día. De lo que siente un ladrón, de lo que emociona a un asesino, de la debilidad de un ministro, del terror de un presidente, de lo que esconden los reservados. Escribir es inscribirse humildemente en el pensamiento codificado de los otros. Cuando se hace una columna no se puede pensar en seco, sino que al hueco del artículo uno debe de ir a bañarse con el agua de otras voces, ideas, paisajes, músicas, temores.

Eso hace Raúl. Cada vez más limpio de idioma, más terso de imagen.
Intento escribir con sencillez. Y aún así algunos dicen que no me entienden. O que soy un barroco. Lo mío con el estilo es una lucha despiadada. Cuando escribo quiero ser el mejor para no ser uno de tantos. Luego está mi obsesión de no repetirme. Cuando un periodista o un columnista se repite está listo para dedicarse al deporte o dar de comer a las palomas en el parque.
Cómo llevas la inquisición que se atrinchera en las redes sociales?
Es tan fuerte ya la dictadura de lo correcto que casi no se puede ni hablar de ello. Si te sales de la horma te exterminan. Antes a los periodistas los pateaban con una obrita menor en un corral de comedias. Ahora te guillotinan cada cinco minutos decenas de tíos a la vez. Y la mayoría sin rostro.
¿Dirías que ejercen censura?
Quienes hemos conocido la censura no podemos hablar de eso con la frivolidad de algunos que no saben lo que fue aquello. Dicen que existe la censura del Ibex35, la de los partidos políticos, la de los financieros o la de los presidentes de algunos clubes de fútbol… Vale, pero yo no la he sufrido. Y menos en EL MUNDO. Este periódico tiene una bandera legal de conveniencia, pero debajo esconde la pirata. Es un gran diario libre.
¿Entonces quién ejerce hoy la coacción?
 El anonimato masivo que se aloja en las redes sociales. Ahí se cocina la censura actual. Yo he sufrido linchamientos pavorosos en las redes. Es curioso: ahora los periodistas de EL MUNDO somos una garantía. Pero no sé qué habría pasado con algunos de nosotros si llega a existir Twitter o Facebook en los años 90, cuando pertenecer a esta redacción suponía que te tacharan alegremente de conspirador, de fascista, de amarillista, qué sé yo.

A Raúl lo leen los jóvenes. Al menos, los jóvenes del oficio. «Eso no me había pasado nunca», dice. Pero no se encastilla. Tiene la buena costumbre de arrojarse al vacío desde el alero cuando le sube en sangre la bilirrubina de la vanidad. Ha firmado dos veces un contrato editorial para escribir sus memorias y las dos lo ha traicionado. «Pero devolviendo el dinero del adelanto». No quiere contar su vida. No quiere mentir y pasa de abrir el escaparate para que el personal se divierta con todo lo que ha visto, lo que ha vivido, lo que ha bebido, lo que ha jugado. «No hagas caso a lo que se dice de mí, casi todo es leyenda urbana», advierte. Es mejor que su prosa mantenga ocultas todas sus toxinas. Raúl escribe con música y desgarros de tanta vida.

En política, ¿dónde estás?
En mi sitio.
 ¿De dónde vienes?
Vengo de la izquierda, pero lejos de mí el sectarismo, el fanatismo o la camioneta.
¿Y los políticos de ahora, qué?
Son unos profesionales sin atractivo. En los años de la Transición los políticos, los poetas y otra tanta gente braceaba por no seguir avergonzándose de ser españoles. En esos días muchos luchamos por quitarnos de encima, con turbulencia, la mierda de la dictadura. Esas actitudes y esos valores de mejoría se han perdido. Ya no hay héroes por la democracia y la libertad. Aunque cualquier tiempo pasado no fue mejor.
¿Ni siquiera para la izquierda?
Bueno, para la izquierda… Es que ahora se ha partido en dos. La izquierda verdadera nunca ha pasado de tener un 10% de los votos. Veremos si Pablo Iglesias hace milagros, pero lo tiene muy difícil. Corre el riesgo de dejar a su izquierda reducida a la mitad.

Esto de lo que habla Raúl del Pozo está repartido en las columnas de El último pistolero, donde denuncia la peritonitis de esta democracia tocinera. Textos en los que asoma de un modo u otro Madrid: «La ciudad más deslumbrante del mundo». Ese Madrid que es no tener nada y tenerlo todo (Gómez de la Serna). Raúl del Pozo, periodista, novelista, con buen handicap en el golf, es un gato majestuoso de estas calles, un Dostoievski con abrigo de buen paño que convierte la ceniza de cualquier noche en un golpe de gracia dispuesto a ser columna.

¿Y de Cuenca qué conservas?
El lenguaje y el paisaje. Lo poco que sé y con lo que me defendí me lo ha dado Cuenca. Ese idioma limpio como las piedras del río. Ese castellano que es historia, que es Castilla. El sitio de los maquis, los pastores, los resineros. Mi niñez dorada de cazador furtivo.

De los paisajes de la infancia extrajo la lección de las perdices, tener el ojo alerta. Si no conociera de cerca a Raúl del Pozo diría que sólo por este motivo es capaz incluso de emocionarse. Pero como buen marxista epicúreo, ante cualquier imprevisto sentimental pronto sube al caballo y galopa en dirección contraria en busca de algún placer de los que la vida debe al hombre. Él últimamente suele pedir copitas de oporto a los postres. Y tiene un premio de periodismo con su nombre.

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