Extracto del medio de comunicación

Un oficio raro

  • El periodista y escritor Ramón Lobo construye su novela El día que murió Kapuściński a partir de su experiencia de décadas como corresponsal de guerra
  • Por el libro ronda el recuerdo de reporteros fallecidos como Juan Carlos Gumucio o Marie Colvin, compañeros en «una profesión de una enorme soledad»

El periodista y escritor Ramón Lobo.

Roberto Mayo, experimentado corresponsal de guerra, no existe. No es más que un personaje de ficción, protagonista de El día que murió Kapuściński (Círculo de Tiza), la segunda novela del periodista y escritor Ramón Lobo (Lagunillas, Venezuela, 1955). Pero quizás sí exista un poco. Porque el 23 de enero de 2007, el día que cumple 52 años, se entera en Nairobi de que el legendario periodista polaco ha muerto. Qué casualidad: lo mismo le sucedió a su creador. Esta novela comenzada hace una década y retomada hace dos años se ha convertido para Lobo en un recipiente en el que volcar su experiencia cubriendo conflictos en los Balcanes, en Irak, Afganistán o Sierra Leona. Pero también para ir más allá de su propia biografía e incorporar a la narración la de algunos de sus compañeros. La novela se convierte así en un retrato íntimo de una profesión.

«Es un trabajo un poco raro», resume el también colaborador de infoLibre. «No te crea vínculos con nadie, ni con tus amigos. Cuando llegas, te dicen: ‘Cuéntanos’. Y tú no tienes palabras para contar. Y cuando las tienes, ya no interesa». En la novela hay parte de esa «mitología» que reconoce en el que ha sido su oficio durante décadas: la acción, los paisajes desconocidos, la heroicidad, las historias luminosas o atroces que se perderían si alguien no estuviera allí para contarlas. Pero también están las consecuencias de todo eso. La incertidumbre, el peligro, la falta de un hogar sólido. Y, sobre todo ello, la soledad: «A nadie le importa lo que haces, tiene la sensación de que no cambias realmente nada«. El balance, hay que decirlo, es positivo. «Aprendes que te cambia a ti», dice ante un café solo. «Vivirás lo que va a justificar tu propia vida, y te llevas a toda la gente a la que has conocido».

Esa gente está también en el ficticio Mayo, que tiene un referente explícito: el periodista Juan Carlos Gumucio, a quien le toma prestado el origen boliviano, el manejo del inglés, algo que Lobo identifica como «bonhomía» y su afición al Johnnie Walker. Con él compartió redacción en El País: «Era un tipo que yo quería mucho». Se permite el periodista una licencia que es también un regalo: Mayo no se suicida en 2002 en su Cochabamba natal, como su referente, sino que vive para seguir viajando y contando lo que pasa. Para seguir sufriendo los estragos de la guerra, también. Pero Mayo no es solo Gumucio, sino una especie de Frankenstein: «Es un gran recipiente, tiene vida por sí mismo y ya no es Gumucio ni soy yo». Una magia, la de la resurrección y la de la multiplicidad, que el periodismo, con todas sus bondades, no permite.

 

Hay otro par de personajes que tienen rostros reconocibles. Está, bajo otro nombre, la fotógrafa Marie Colvin, asesinada en Homs, Siria, en 2012, y que fue pareja de Gumucio. El otro es Tobias Hope, fotógrafo que acompaña al plumilla Mayo, conocido como Puta Esperanza (por hopeesperanza en inglés, y por su amor por la blasfemia). Lobo le pone nombre: «Durante 10 años estuve con Gervasio [Sánchez] como pareja de hecho. Menos copular, hemos hecho de todo». El fotorreportero, Premio Nacional de Fotografía en 2009, sirve aquí de inspiración para este Sancho Panza. No es la única: «Me lo imagino físicamente como Ricardo García Vilanova, pero también es un conjunto de varias personas. Y el que diga ‘puta’ y ‘tío’ todo el rato es un homenaje a Dexter Filkins, quizás el mejor periodista de guerra norteamericano de los últimos años, que por lo visto solo habla así. Luego escribe maravillosamente».

Este dúo en la novela es una representación más del dúo canónico en el periodismo de guerra: fotero plumilla, unidos habitualmente por la necesidad, la camaradería y un despecio jocoso por el trabajo del otro. «Es un tándem que a mí me gusta», recuerda Lobo, «y eso que yo prefiero ir un poco por mi cuenta, no tener mucha relación con los demás y buscar mis historias. Cuando he trabajado en comandita es porque la situación era muy arriesgada. Pero aquello estaba bien». El periodista pasa del presente al pasado cuando habla del oficio de corresponsal de guerra. Hace ya un tiempo que no cubre una, y es consciente de que probablemente no vuelva a hacerlo nunca, pero habla de las prácticas y atajos del oficio como si los hubiera puesto en práctica ayer mismo. De hecho, El día que murió Kapuściński sirve también para resarcirse, ir «más allá de lo vivido«: «Por ejemplo, a las Primaveras Árabes. Es una venganza».

Lo mismo sucede con Siria, que tampoco ha cubierto. «Cuando empezó la guerra de Siria fue durante uno de mis periodos de castigo [en El País]», cuenta, «porque estaba haciendo un blog de internacional que a mi jefe le molestó. Luego, cuando mataron a Marie Colvin, me dijeron que fuera. Yo pregunté: ‘¿Queréis un muerto o un corresponsal?». Para entonces, resultaba ya muy temerario entrar al país: las redes que habían organizado el acceso de ciertos periodistas cercanos a Lobo estaban ocupadas sacándoles de allí, y el paso por Turquía era extraordinariamente duro. «A la hora se lo estaban proponiendo a un casi becario, que le dije que si iba estaba loco. Y luego estaba el ERE: yo no quería ir a Siria para intentar salvarme del ERE». Fue despedido tras 20 años en la empresa, con otros 128 trabajadores, y solo volvió a incorporarse a las páginas del periódico el pasado septiembre, con una columna quincenal, por invitación de la nueva dirección de Soledad Gallego-Díaz. Sigue, por cierto, con Siria detrás de la oreja.

Aunque el periodista aplica la máxima que no duda en recitar: «El periodismo es un oficio precioso si lo sabes dejar a tiempo«. Ahora le toca «reflexionar». Con calma. También sobre la profesión. «Los recortes que ha habido, tanto de plantillas como de presupuesto, los fallos en la comprobación… Si dejamos de ir a los sitios, no existen las guerras, y estamos dejando que la ignorancia campe«, lanza. Habla de un sector «invadido por managers» que «se están argando el periodismo» y «tienen a los periodistas atados a la mesa». Señala a la puerta de la calle del Café Comercial, en Madrid, donde del café solo quedan los posos: «Hace años hubo un incendio en la calle Carranza, pero la historia no era esa. La historia fue que un chaval que pasaba por ahí aparcó la Vespa, se puso a sacar a gente y acabó muriendo él. Esa era la historia, y su tú no estás ahí solo tienes un incendio». Asegura que no hay fórmulas mágicas: «Si falta gente y falta paciencia, falta calidad».

Pese a todo, Ramón Lobo es tenaz en su romance con el periodismo Llega incluso a decir algo que no se escucha a muchos reporteros: «Si tuviera 18 años volvería a hacer periodismo sin dudarlo». Sabe, eso sí, que ha vivido «la última fase de la etapa dorada del periodismo»: «Tocaban la música y yo bailaba, y he bailado durante 20 años». Pese al título del libro, no es catastrofista y asegura que debe de haber algún Kapuściński por ahí, y si no, «lo habrá». Cree incluso que hay lectores dispuestos a pagar por la información, la única vía de financiación que ve viable a largo plazo —y menciona los 100.000 suscriptores de Mediapart, socio editorial de infoLibre, y los 50.000 de la revista XXI dedicada al periodismo gráfico, ambas publicaciones francesas: «En el 2 de mayo estuvimos en el bando equivocado», dice entre risas—. Como para hacer frente a la adversidad, dice, hay que optar por el cinismo o por el humor, elige este último para encarar la situación política: «Si tuviéramos el trifachito el 28 de abril sería muy malo para el país y muy bueno para la profesión, porque eso da mucho juego. Aún así, fíjate, espero que no ocurra».

Ramón Lobo presenta El día que murió Kapuściński en Madrid, junto a los periodistas Carmen Sarmiento, Olga Rodríguez y Javier del Pino, el jueves 21 de marzo a las 19.30 en la Asociación de la Prensa, calle Claudio Coello, 98. 

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