Extracto del medio de comunicación

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Veintisiete mujeres que te moverán de la silla

 

Fue Garganta Profunda, la sexual, la mujer que protagonizó en el 72 la felación más famosa de la historia, que contrarió a Nixon, enloqueció al público y escondía en realidad, según confesó ella años después, una violación. Linda Lovelace (Estados Unidos, 1949-2002), la primera actriz porno que se convirtió en escritora, es el primer retrato que ofrece, como un ajuste de cuentas pegado a la realidad, Te quiero viva, burra. El libro, audaz como la ficción con el que Loreto Sánchez Seoane (Madrid, 1989) recupera la memoria de 27 mujeres reales que rompieron el molde, hace suyo para el título el grito suplicante que Cortázar le envió por carta a la gran Pizarnik para contestar una misiva de la poeta, que le manifestó en unas líneas su incapacidad para soportar el dolor, su deseo de quitarse la vida: «Te quiero viva, burra». Pizarnik no hizo caso a la súplica de su amigo. Sin embargo, aun muerta, sigue viva a esa manera de las grandes, sin edad, inmune a la erosión del tiempo. En sus poemas y el recuerdo de su vida, incapaz de seguir la recta de los renglones, late la poderosa fragilidad de su belleza.

Este manifiesto es un espejo necesario, un latigazo, un thriller poético, de una sensibilidad voraz, con episodios que son independientes pero están esencialmente unidos, como eslabones de una cadena feminista que hay que restaurar, con «invisibles», «delirantes» y «vigas»; así clasifica Sánchez Seoane a sus mujeres con vida, con varias vidas en una, que sostienen con el peso de su peripecia vital la fascinación por estos retratos en los que se evidencia el poder del periodismo literario. Te quiero viva, burra es un insulto contra la necedad del olvido. Estas 27 mujeres (cada uno tendrá sus favoritas) alientan e inspiran desde el dolor, el infortunio, la desesperación, el fracaso y el coraje. Aquí encontrarás a Colette, a la exploradora olvidada que fue Isabelle Eberhardt (1877-1904), a Hedy Lamarr (1913-2000) como una pionera del wifi; a Emma Goldman (1869, 1940) como la más odiada de América; a la escultora Marga Gil, una de las mujeres más insólitas de la Generación del 27, a Chavela Vargas o a Enriqueta Otero, la Pasionaria gallega, «que llegó a la Transición olvidada por su gente». Hacer memoria puede ser, finalmente, la aventura más satisfactoria.