Extracto del medio de comunicación

CELEBREMOS SER LECTORES REBELDES (CON BERARDINELLI, PENNAC Y PIVOT)

Por Emma Rodríguez © 2016 / Dice el escritor Hanif Kureishi que “escribir, hacer cualquier cosa creativa, es anticonsumista en sí mismo”;apunta en su libro de ensayos biográficos Soñar y contar que “cuando hacemos algo original con la propia vida y sentimientos, no somos meramente objetos con cartera, sino sujetos libres y activos, autores o artistas de nuestras propias vidas”. Yo quiero aplicar sus declaraciones a la lectura, porque considero que la lectura es un acto creativo. El propio Kureishi insiste en ello: Siempre he asumido que la lectura y la escritura de creación van juntas”declaraEn una entrevista reciente con Luis Landero, con destino a la revista literaria Turia, el autor se refiere a los lectores inspirados, capaces de alargar la obra con sus interpretaciones, de dejar sus huellas en las páginas, de marcar el destino de un libro.

Hoy, en la Ventana abierta que es este diario, os propongo celebrar la lectura por todo lo alto: la lectura como acto creativo, inspirador, enriquecedor. La lectura como nutriente, como refugio, como ampliación de la vida, como despertador de conciencias, como práctica de rebeldía, de resistencia frente a un mundo que nos impulsa a ejercer la rapidez, a ser, por encima de todo, sujetos de producción, ciudadanos activos en todo momento, cada vez más incapaces de disfrutar de la calma, de la contemplación. En una época de adicción tecnológica, de consumo de información de usar y tirar, el sosiego, el esfuerzo, la concentración que impone la lectura es un acto de insumisión, sin duda. Con un libro entre las manos podemos pararlo todo: el tiempo, las carencias, las inquietudes, las ansiedades, hasta el tráfico… Esto último es una broma, claro… O, mejor, una metáfora, una imagen muy potente. ¿Imagináis una ciudad sin coches porque, a determinadas horas, todo el mundo está sumergido en sus lecturas, transportado a las urbes de la ficción? En el reportaje fotográfico, que ha realizado Nacho Goberna, en la calle Fuencarral de Madrid, hemos querido reflejar esa capacidad de la lectura para apagar el ruido, para detener el movimiento. Llamamos la atención con un libro en las manos, en medio del barullo habitual de la ciudad, cuando todos pasean, entran en los comercios, pasan de largo… Llamamos la atención, cada vez más, en el metro, en el parque, en el restaurante cuando acudimos solos, y mientras esperamos que nos traigan el plato que hemos pedido, nos entregamos a la lectura: inmersos, ensimismados, lejos de la habitual conexión al móvil, ajenos a lo que pasa alrededor.

Como argumenta el filósofo coreano Byung-Chul Han en su ensayo El aroma del tiempo la fugacidad, lo efímero, lo superficial, son los rasgos de un presente donde “nada es importante, nada es decisivo, nada es definitivo”, donde “la vida ocupada, a la que le falta cualquier dimensión contemplativa, no es capaz de la amabilidad de lo bello» y «se muestra como una producción y destrucción aceleradas”. ¿Se os ocurre mejor forma de ir a contracorriente que abrir las páginas de un libro? ¿Llegará un día en el que se olviden del todo las bondades, los beneficios de la lectura, y ésta se convierta en un secreto, un remedio, en manos de unos cuantos privilegiados? En su obra Un balcón en invierno, Landero imagina un futuro no muy lejano en el que los lectores ya se han convertido en una especie de secta de resistentes.

“LA VIDA OCUPADA, A LA QUE LE FALTA CUALQUIER DIMENSIÓN CONTEMPLATIVA, NO ES CAPAZ DE LA AMABILIDAD DE LO BELLO. SE MUESTRA COMO UNA PRODUCCIÓN Y DESTRUCCIÓN ACELERADAS”, ESCRIBE EL FILÓSOFO COREANO BYUNG-CHUL HAN EN SU ENSAYO «EL AROMA DEL TIEMPO». ¿SE OS OCURRE MEJOR FORMA DE IR A CONTRACORRIENTE QUE ABRIR LAS PÁGINAS DE UN LIBRO?

En otro artículo de este número de “Lecturas Sumergidas”, el dedicado a la autora canadiense Margaret Atwood y las distopías, resulta inevitable citar a Ray Bradbury y su Fahrenheit 451Aquí, ahora, os propongo recuperar la pasión por los libros que desata esta novela donde leer ha sido prohibido por las autoridades porque despierta el pensamiento propio; en la que los osados que no abandonan esta costumbre considerada asocial son castigados severamente. Os propongo recordar a Montag, el protagonista, el bombero-policía que hasta entonces se había dedicado a quemar estos artefactos tan peligrosos que son los libros, en el momento en que abre las páginas de uno de ellos y descubre la inmensidad de los horizontes literarios, su efecto transformador.

He elegido a Montag, el inolvidable personaje de Bradbury como telonero de tres autores, de tres magníficos ensayos, de los que voy a hablaros a continuación y que son en realidad, cada uno a su manera, distintas reivindicaciones de la lectura: Leer es un riesgodel crítico y agitador cultural italiano Alfonso BerardinelliComo una novela, del escritor francés Daniel Pennac, y De oficio lector, volumen que recoge las conversaciones-entrevistas mantenidas entre el historiador y académico Pierre Nora y Bernard Pivot, periodista, crítico literario y conductor del célebre programa de libros de la televisión pública francesa ApostrophesVeamos cuáles son las experiencias de cada uno de ellos. Sepamos qué les aporta la lectura y qué les lleva a promover con entusiasmo su práctica.

“LOS LIBROS SON CONTAGIOSOS”

(Alfonso Berardinelli)

Primero presentemos al autor de Leer es un riesgo, un interesantísimo compendio de artículos aparecidos en distintas publicaciones sobre temas relacionados, en su mayor parte, con el cultivo de la lectura y el oficio de la literatura en todos sus ámbitos: la escritura, la crítica literaria, la enseñanza… A Alfonso Berardinelli, lo retrata de este modo tan peculiar el filósofo Hans Magnus Enzensberger: “Es el italiano invisible (…) No es fácil de encontrar. No se le ve en la Plaza, ni en una oficina, sino en su escondrijo. Desde ahí observa a sus compatriotas. No tiene dinero. Piensa. Lee. Escribe. Trabaja. Tal vez se haya apartado a propósito, o quizá haya sido expulsado. A veces está al borde de la desesperación. A veces, ríe. No se queja. Es testarudo. Sin gente como él Italia sería un caso perdido. Por suerte, a lo largo de los siglos siempre ha habido un par de individuos así”.

¿A qué se refiere Enzensberger? es lógico preguntarse cuando no estamos al tanto de la trayectoria de este autor que nos descubre Círculo de Tiza. Lo aclara el filólogo Salvador Cobo en un texto introductorio titulado Un francotirador de la crítica y donde se refiere a nuestro hombre como “el crítico cultural más indómito y polémico de toda Italia”. Nacido en Roma, en 1943, en el seno de una familia obrera, Berardinelli estudió Letras Modernas y en la década de los 70 inició su andadura como profesor de literatura en la universidad, al tiempo que colaboraba en Quaderni Piacentini, importante revista político-literaria de la Nueva Izquierda italiana, y  empezaba a publicar sus primeros libros como crítico literario y cultural.

En 1995 tuvo lugar un revelador punto de inflexión en su camino, ya que, después de 20 años impartiendo clases, renunció a su cátedra universitaria y abandonó la enseñanza por aburrimiento, cansado de la burocracia y sus corrupciones, harto de dinámicas educativas en las que prima la práctica “embrutecedora”, “degradante”, de los exámenes, y donde los profesores se limitan a poner calificaciones, a evaluar sin conocer apenas a los alumnos. De todo esto escribió en una carta dirigida a Sandro Briosi, también docente y ensayista, que intervino, junto a otros, en la polémica abierta tras las declaraciones de Berardinelli en un artículo-entrevista aparecido en el diario “La Repubblica” tras su renuncia, bajo el título de Adiós, universidad cruel.

La universidad perdió a un profesor, pero el mundo literario y editorial ganó a un crítico y a un conferenciante osado, indomable, porque considera, según indica Salvador Cobo que el crítico debe “permanecer al margen de los partidos políticos, la industria cultural, modas intelectuales, instituciones o departamentos universitarios”. Porque, en su opinión, “el intelectual debe ser un misántropo”, entendiendo la misantropía como “un antídoto notable para tener presente en las sociedades modernas, en las cuales la socialización, la coacción a ser partícipes, a hacer lo que todos hacen, a decir lo que todos dicen, a tener los gustos que todos tienen, es un gran peligro”.

OPINA ALFONSO BERARDINELLI QUE “EL INTELECTUAL DEBE SER UN MISÁNTROPO”, ENTENDIENDO LA MISANTROPÍA COMO “UN ANTÍDOTO NOTABLE PARA TENER PRESENTE EN LAS SOCIEDADES MODERNAS, EN LAS CUALES LA SOCIALIZACIÓN, LA COACCIÓN A SER PARTÍCIPES, A HACER LO QUE TODOS HACEN, A DECIR LO QUE TODOS DICEN, A TENER LOS GUSTOS QUE TODOS TIENEN, ES UN GRAN PELIGRO”.

La defensa del pensamiento crítico, tan necesario para evitar los lugares comunes, y de la libertad individual, como pilares básicos de las democracias, son fundamentales en el pensamiento de este agitador de conciencias que se muestra muy crítico con la utilización de las nuevas tecnologías y reconoce estar instalado en el pasado, en el territorio de los libros impresos, orgulloso de su absoluta desconexión. “Las tecnologías informáticas y telemáticas son mi bestia negra, o mejor aún, mis molinos de viento. No son enemigos a combatir. Han vencido desde el principio, y doblegarán también la mente humana que piensa que las ha creado para “usarlas”, para ponerlas a su servicio (…) El gigante tecnológico que hemos inventado para ser ubicuos, omniscientes y más rápidos que la luz, ya ha comenzado a jugar con nosotros comel gato y el ratón. No somos sus amos, somos sus esclavos”, declara en un artículo titulado Contra la desmemoria 2.0,donde sostiene que la acumulación de datos, de información, de saber disponible, no conducen a un conocimiento en profundidad; que la cantidad se está imponiendo a la calidad; que el cerebro se acaba aletargando ante tanta tableta, teléfono móvil, ordenador, videojuegos…; ante este continuo delegar “en la máquina cada vez más funciones cerebrales”. Y se pregunta: ¿Dónde terminará la memoria, madre de todas las musas; la voluntad, que permite llevar a cabo elecciones; la sensorialidad, que te vincula al ambiente físico; la capacidad manual, que caracterizó al Homo Habilis, la capacidad de orientarse en el espacio, etcétera?

El autor ni siquiera cree a quienes consideramos que todo consiste en hacer un uso adecuado de las nuevas tecnologías, en enseñar a las jóvenes generaciones a utilizarlas con criterio y equilibrio; en que la lectura es lo que importa, más allá del formato… Su crítica es absolutamente radical y no le faltan argumentos. A su favor, las preferencias del recientemente fallecido neurólogo Oliver Sacks, quien en un artículo periodístico declaraba no querer un kindle, ni un Nook, ni un iPad, sino “un libro de verdad, impreso en papel: un libro que tenga un peso, que huela a libro, tal y como han sido los libros durante cinco siglos y medio”. A su favor también las constataciones de un defensor a ultranza de las maravillas del mundo digital, el periodista Federico Rampini, quien pone de manifiesto su evidente desencanto en un ensayo sobre el lado oscuro de la revolución de Internet; sobre los vicios escondidos tras sus aclamadas virtudes.

Internet no proporciona libertad, no vuelve mejores nuestras vidas ni nuestras mentes. Los geniales y jovencísimos ingenieros-empresarios de Silicon Valley no son ni Leonardo da Vincis ni benefactores de la humanidad. Hoy estamos todos bajo su control y (por emplear una palabra pasada de moda) estamos todos “manipulados” hasta niveles que ninguna tecnología de la comunicación había logrado jamás”, señala Berardinelli, partiendo de las observaciones sobre el terreno de Rampini, quien reconoce percibir en la cuna tecnológica de San Francisco “un malestar, una inquietud, debidos a la velocidad con la que se consumen las ilusiones, se traicionan los ideales y se subvierten las utopías”, refiriéndose a cómo hoy la idea de un Internet abierto, como bien público, bandera que enarbolaban los hackers de los orígenes, ha sido arrasada en aras del beneficio empresarial de colosos que persiguen lo que siempre ha perseguido el capitalismo, “los mismos proyectos hegemónicos y monopolistas”.

Siguen vistiendo como hippies, pero detrás de los rostros de todos esos veinteañeros soñadores se advierte una máquina dispuesta a triturar todo aquello que suponga un obstáculo a sus planes de conquista”, pone de manifiesto el periodista, ofreciendo los datos que Berardinelli necesita para constatar el papel nefasto de redes como Facebook y Twitter en la destrucción de nuestra privacidad, “espiándonos para vender al mejor postor información sobre nuestros gustos y sobre nuestros hábitos de consumo”.

“INTERNET NO PROPORCIONA LIBERTAD, NO VUELVE MEJORES NUESTRAS VIDAS NI NUESTRAS MENTES. LOS GENIALES Y JOVENCÍSIMOS INGENIEROS-EMPRESARIOS DE SILICON VALLEY NO SON NI LEONARDO DA VINCIS NI BENEFACTORES DE LA HUMANIDAD. HOY ESTAMOS TODOS BAJO SU CONTROL, “MANIPULADOS” HASTA NIVELES QUE NINGUNA TECNOLOGÍA DE LA COMUNICACIÓN HABÍA LOGRADO JAMÁS”, SEÑALA EL AUTOR DE «LEER ES UN RIESGO»

Hay un bloque de artículos muy interesantes sobre la revolución digital, sobre el efecto que los nuevos artefactos tienen sobre nuestro modo de vida. Y hay textos que defienden con pasión, y con indudables notas de humor, el cultivo de la lectura –verdadero propósito de este artículo–, empezando por el que da título al libro, Los riesgos de la lecturaque bien merece una parada detenida.

Leer es un riesgo”, nos dice el autor. “Leer, querer leer y saber leer son costumbres cada vez más menos garantizadas. Leer libros no es algo natural y necesario como caminar, comer, hablar o usar los cinco sentidos. No es una actividad vital, ni en el plano fisiológico ni en el social. Viene después, implica una atención especialmente consciente y voluntaria hacia uno mismo. Leer literatura, filosofía y ciencia, si no se hace por trabajo, es un lujo, una pasión noble o ligeramente perversa, un vicio que la sociedad no censura. Es tanto un placer como un propósito de mejora. Requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración. Es una forma de salirse de uno mismo y del ambiente que nos rodea, pero también es un medio para conocerse mejor, para ser conscientes de nuestro orden y desorden mental”.

Pocas descripciones tan acertadas, tan lúcidas, sobre el acto de leer. Berardinelli reflexiona después sobre el sosiego y la distancia que proporciona sumergirse en las páginas de un libro y alude a que en las últimas décadas el valor de la lectura parece amenazado, su prestigio en franca decadencia. No tiene desperdicio este análisis absolutamente lúcido en el que el crítico constata que los libros son contagiosos, pero que, “para sufrir el contagio hace falta leerlos con pasión” y con “cierta predisposición ingenua”. Y más adelante, argumenta: “La lectura permite establecer vías de comunicación entre el yo profundo –con su caos– y el yo social que debe enfrentarse a las normas del mundo”.

Sostiene el autor algo con lo que estoy muy de acuerdo: las lecturas predilectas acaban formando parte de la construcción de la identidad, sin necesidad, nos dice con humor, de que acabemos convertidos en Don Quijote o Emma Bovary con sus obsesiones. Y señala que entre las más arriesgadas están aquellas cuyo contagio “sugiere o impone cambiar de vida, escapar del mundo o transformar radicalmente la sociedad”, poniendo como ejemplos el Nuevo Testamento o las obras de Marx y Engels, causantes de no pocas transformaciones.

Nos habla en el mismo artículo de los cambios que el canon literario va experimentando a lo largo de las épocas, de los males que el estructuralismo, en su opinión, causó a la crítica al considerar los libros como meros objetos para ser analizados textualmente, sin alma, ajenos a la tan necesaria subjetividad en la recepción lectora. Y nos pone en alerta sobre un antiguo y grave riesgo que debe afrontar todo lector: el de “querer convertirse en escritor, o, lo que es peor, en crítico literario”. Hay un saludable sarcasmo en Alfonso Berardinelli, en su manera de exponer sus experiencias, aprendizajes, observaciones y hasta maldades.

El autor muestra su admiración por Montaigne, uno de los primeros lectores “sin método”. “Es verdad que Montaigne no era un crítico literario. Pero sus ensayos nos muestran a un hombre que, a partir de sus lecturas, reflexiona sobre sí mismo y sobre el género humano”, señala. Y más adelante nos dice: “Para ser un hiperlector el crítico debe continuar siendo un simple lector, un lector sin defensas, sin pinzas, tijeras ni bisturí, un lector receptivo, que acepte los riesgos de la lectura, que suspenda la incredulidad y crea, al menos mientras lee, en aquello que lee”.

Para culminar, el ex profesor recurre a Enzensberger y su defensa de la lectura como acto “irreductiblemente anárquico y particular” y coincide con el filósofo y poeta alemán en la aversión a los métodos utilizados en la escuela para “torturar a los estudiantes, obligados a dar con la interpretación adecuada de sus poemas”, hasta hacerlos sentir náuseas “tanto de esa cosa incomprensible y aburrida llamada poesía, como de esos individuos a evitar que son los poetas”. Hay muchos más artículos que merecen atención en este volumen, artículos sobre las propias lecturas del autor: sobre sus gustos y animadversiones (su pasión por Elsa Morante, su antipatía por Umberto Eco…). Hay sugerentes, inspiradores, análisis de los clásicos, con puntos de vista muy originales. Hay, sobre todo, audacia y pasión lectora, capaz de despertarnos el apetito, de hacer que queramos leer obras y acercarnos a autores a los que aún no hemos descubierto.

Pero para dar el paso al siguiente autor, Daniel Pennac, me quedo con una alusión de Berardinelli a Kierkegaard, quien anotó en su diario: “Yo amo al hombre común, pero los docentes me causan aversión”, una declaración que conecta con otra de las grandes preocupaciones del autor, la enseñanza. De cómo enseñar a amar la lectura; de cómo contagiar su placer a los más jóvenes, es de lo que trata Como una novelade Pennac.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna© 2016

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