Extracto del medio de comunicación

Recuperar la palabra, recuperar la vida

 

Hay libros que pronto se llenan de esquinitas dobladas o frases subrayadas. Eso sucede a menudo en ‘Ella soy yo’ (Círculo de Tiza), como por ejemplo en el pasaje en que la autora se refiere a los abusos que tanto Virginia Woolf como su hermana sufrieron por parte sus hermanastros. Porque la famosa escritora británica llegó a pensar que no fueron una vivencia real sino una proyección fruto de su imaginación a pesar, detalla Marta Suria, de haber sido constatados los hechos con su hermana. Entonces, el lector saca el lápiz de subrayar, que no la goma de borrar: «Ella y su cuerpo sabían exactamente lo que había ocurrido, pero Woolf prefirió creer en el experto antes que en ella misma. Y acabó matándose en un río».

La mujer que se protege –a su pesar– bajo el nombre de Marta Suria Vázquez no confiesa en su libro testimonial que hubiera querido suicidarse en las no pocas crisis sobrevenidas una vez su mente dejó de censurar los recuerdos. Hay un instinto de vida que siempre vence –lo que dota al libro de un sorpresivo valor añadido–, pero sí se manifiesta un deseo de vencer a la oscuridad. No del todo, porque Marta es consciente de que ya no es posible subirse al Delorean que la colocaría en la casilla de salida en la que aún era Martita. No existen científicos milagrosos como los de ‘Regreso al futuro’, así que para encarar precisamente ese futuro lo que conviene es reparar, en la medida de lo posible, el pasado. Mirarlo de frente.

Porque la «goma de borrar del trauma lo abarca todo». Y, aunque los recuerdos sean horribles, Marta Suria parece haber escrito este libro bajo el lema que encontramos al final de su historia: «Prefería el sufrimiento a la anestesia que, en altas dosis autoimpuestas, es una forma de eutanasia».

‘Ella soy yo’ no es un libro al uso. Para empezar, como señaló la editora Eva Serrano en la presentación en Madrid, trata el que quizá sea el último tabú. Otros lo hicieron antes, como Montxo Armendariz dando voz a las víctimas de abusos sexuales en el ámbito familiar en su película ‘No tengas miedo’, o James Rhodes en su estremecedor libro confesional sobre los abusos sexuales en la infancia (en su caso, infligidos por su profesor de Educación Física), ‘Instrumental’. Pero no son tantos los que, en primera persona, abordan la confesión quizá más delicada, la más valiente, la que implica soportar un manto de suspicacias.

Se habla mucho de la importancia del relato. En la vida, en la política. Por eso coleccionamos fotos, recuperamos viejas anécdotas y tratamos de ordenar nuestra pequeña memoria histórica, a poder ser sin agujeros o líneas discontinuas. Es lo que buscaba James Rhodes, dice la autora de ‘Ella soy yo’, al recomponer su historia. Quería volver a conectar con el niño de seis años que existía antes de que lo violara su profesor de Educación Física. Ese fue también el afán de la Marta adulta, recuperar a Martita, la niña aún inocente que dejaría de serlo bruscamente; esa violencia sexual, integral, no solo le arrancaría la palabra sino, como diría Camus, todo el sol de su infancia. Y, como a ella, al 23% de las niñas de España, dato con el que la autora abre su relato, a partir de un estudio de Joan Montané (‘Cuando estuvimos muertos. Abusos sexuales en la infancia’).

A Eva Serrano, editora de Círculo de Tiza, le llegó el manuscrito a través de una escuela de escritores de Madrid. No tardó en descubrir que el texto tenía peso específico. Primero, por su valor narrativo, por ese camino del héroe que constituye el nervio de la literatura, esa transformación del gusano en mariposa con «enorme calidad literaria», pero también por el valor de contarlo. También ella, como editora, aportó su dosis de valentía en un texto que muchas otras editoriales habrían pasado de largo. «Es importante que se hable de esto y levantemos el último tabú», subrayó Serrano. Para ello hay que enfrentarse a algo tan delicado como asumir que el hombre lobo está en casa, la consecuente pérdida de asideros.

‘Ella soy yo’ es también el testimonio de la lucha contra el silencio, si bien la creado-ra de Marta Suria reconoce, en las páginas finales, que también hay algo sanador en el olvido. Que el exceso de memoria, cita a Nietzsche, también puede matar. Este libro quizá sea un templar esos extremos, un rebelarse contra esa palabra «arrancada», como aquella de los llamados ‘musulmanes’ de los campos de concentración; aquellos judíos que, presos de la más absoluta desesperanza, perdían las fuerzas para emitir palabra alguna. Una defensa del mero hecho de contar, más allá incluso que el de denunciar, que también, como modo de rearmarse ante los demás y, sobre todo, ante una misma. «Sin memoria no hay cimientos que posibiliten ninguna reconstrucción», leemos también. Más frases para subrayar. Como la de que «el tiempo no cura nada». Porque si no hay un deseo de curarse, una disposición activa para hacerlo, nos enseña este libro, no hay mucho que hacer.

Se habla mucho de la importancia del relato. En la vida, en la política. Por eso coleccionamos fotos, recuperamos viejas anécdotas y tratamos de ordenar nuestra pequeña memoria histórica, a poder ser sin agujeros o líneas discontinuas. Es lo que buscaba James Rhodes, dice la autora de ‘Ella soy yo’, al recomponer su historia. Quería volver a conectar con el niño de seis años que existía antes de que lo violara su profesor de Educación Física. Ese fue también el afán de la Marta adulta, recuperar a Martita, la niña aún inocente que dejaría de serlo bruscamente; esa violencia sexual, integral, no solo le arrancaría la palabra sino, como diría Camus, todo el sol de su infancia. Y, como a ella, al 23% de las niñas de España, dato con el que la autora abre su relato, a partir de un estudio de Joan Montané (‘Cuando estuvimos muertos. Abusos sexuales en la infancia’).

Contar y contarse. La autora no cuenta todo, pero sí aporta las pinceladas necesarias para entender que el cuadro de su infancia y juventud fue de brocha gorda. Y, como ella misma dice, lo realmente duro queda al margen de estas páginas. Aquí se muestra la punta del iceberg, lo necesario para que el lector empatice con un drama para cual no hay antídoto absoluto. Ni siquiera la escritura, las sesiones con la psiquiatra, o la denuncia ante el Servicio de Asistencia a la Víctima (SAV) borran la herida. Aprender a convivir con ella también es parte de ese aprendizaje. «Es en la herida donde cohabitan el desconsuelo y el coraje de ser persona».

La persona que se esconde bajo el seudónimo de Marta Suria Vázquez decidió que quería contar. Que quería iniciar ese viaje a su interior. Más allá, incluso, de los traumas por borrar. Conocerse a sí misma y de paso alumbrar a los demás. Ese coraje de ser persona que quizá todos deberíamos conservar y alimentar. Así lo suscribió la editora: «Ella no sabía que era escritora, pero con este libro se hizo escritora».

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