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Feng Shui guarda los posos del café que se toma cada mañana. Los vacía en un tarrito de los que nos dan cuando compramos comida china. A Feng Shui le pirra el Siu Mai. Por la tarde, cuando se ducha, se frota la piel con los posos. Dice que reduce la celulitis. Llevo con Feng Shui ocho años. Pronto haremos nueve. No sé qué me echa en el vino. Debe ser una dosis alta. La gente, que tiene bolas de cristal en la cabecera de la cama, nos puso fecha de caducidad de un mes. Como un bote de leche de soja. Feng Shui es mi media naranja o mi naranja entera. Dulce, agria. He cenado más veces con ella que con mis padres. O con mi hermana. O con el presidente de Estados Unidos. ¿Cuál de ellos? Quizá hemos llegado hasta aquí porque nos reímos de todo. Hemos echado una poca vergüenza de aúpa. Frivolizamos. Así nos va. Al principio ella era callada, una mosquita muerta, pero ahora se ha venido arriba. Lo diré al modo de Woody Allen: La tenía comiendo de la mano y de pronto noté que me faltaba el brazo.

«Me aburre mucho el cuento de la media naranja. ¿Para qué demonios querría alguien medio de nada? Me aburren los San Valentines y la celebración de la dependencia envuelta en una cajita azul turquesa. (…) Busca naranjas enteras. Un tío (apunta eso) que no te necesite. Que tan solo te desee, te admire y te respete. Alguien para quien no seas el final de la juerga, sino el comienzo de la aventura», escribe Jesús Terrés en Nada importa.

La otra noche Feng Shui me preguntó si quería que me llevaran a una residencia o si preferiría más la opción que me cuidara alguien. «¿Pero cuándo, ahora?», le pregunté. «No, cuando seas viejo», me respondió. «Quiero decir -matizó- cuando seas más viejo». Le eché uno de mis discursitos adormecedores, de esos en los que pienso dos cosas a la vez al mismo tiempo. Le recordé que el abuelo, la pasada Navidad, estaba en la residencia mejor que en casa. Luego murió el 24, en Nochebuena, y pasamos el 25 en el tanatorio y el cementerio. «Ya hace casi un año», me dice. La verdad que sabe contar. Le comento que la residencia estaba bien. Era acogedora. Al menos tenía esa sensación cuando iba a visitarlo. Estaba limpia. Era un falso hogar, pero era un hogar. «Prefiero la residencia -concluyo-. Meter a alguien aquí me roba fijo». No sé si llegaré lejos. Por las noches me asfixio y pronto me pondrán, creo, bombonas de oxígeno como si fuera un buzo. Tengo principio de apnea. Por lo que pueda pasar, cogí este finde la espada con la que íbamos a cortar la tarta de boda que al final no celebramos y la nombré mi albacea. Le di un toque en un hombro y luego en otro, mientras se le ponía una sonrisa de oreja a oreja. Normal, se estaba quedando con todo.

«A mi hermano le volvió a tocar leer en el cementerio. Como tampoco le dimos la misa tuvimos que volver a inventarnos un ritual, y eso que a mi abuela jamás la oí cagarse en Dios ni en todos los santos en hilera ni en la virgen puta ni en Cristo a caballo, sino todo lo contrario: cuando mi abuelo lo hacía, la reprendía y decía «pero chico» o «te parece que este hombre» y negaba con la cabeza», dice Ana Iris Simón en Feria.

 

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