Llevar una vida sencilla. Alejada de las ambiciones. De las exhibiciones. De la ansiedad de los grandes éxitos. Una vida sencilla, sin demasiada prisa, sin acelerones, con espacios para pensar, para conversar, para mirar los detalles, para tomar consciencia del camino. Para mirar a los ojos. Para tocar al otro, abrazar al otro. Una vida que merezca la pena para todos. Con tiempo para el aburrimiento, para largas caminatas solitarias a lo Rousseau, para embridar las fuerzas tensoras que te arrastran a la producción permanente, inagotable, cegadora, tiempo para la sensibilidad, para la empatía…

El día que murió Kapuscinski.

«Cada vez que volvía a Londres, a su hogar, Mayo se cruzaba con decenas de personas que ignoraban todo sobre su trabajo. Le gustaba experimentar la insignificancia del ego durante unos minutos. Decía que era el primer paso en un proceso lento y doloroso que exigía la limpieza y reparación de cada pieza averiada. Él tampoco sabía nada de los figurantes que se desplazaban sin derecho a frase en aquel enjambre de Heathrow. Desconocía si eran felices, si estaban sanos, si tenían hijos o madres dependientes, si su empleo salvaba vidas o provocaba ruina, si eran honestos o sinvergüenzas», escribe Ramón Lobo en El día que murió Kapuscinski.

Aprender a estar con uno mismo y con los demás. Encontrarle sentido a las cosas, encontrarle sentido a la vida. No ser de ninguna parte y ser de todos los sitios a la vez. Cuidar el mundo, las pequeñas cosas, padecer con los demás. Minimizar tus problemas que en verdad no son tan graves, porque los problemas de verdad son los desarraigos forzosos, la violencia por placer, por entretenimiento, por inercia; problemas son no tener agua, no dormir bajo techo un día de invierno, no tener a nadie a quien volver, como esos niños que cruzan la frontera de EEUU huyendo de nosotros, del imperio del terror que está triturando el mundo, centrifugando lo humano…

refugiadosbuenos

No somos refugiados.

«Éxodos. Masas humanas. Miles de cabezas cargando sacos, bolsas, maletas. Ríos interminables de gente: ancianos encorvados, mujeres de paso rápido, niños que no entienden nada, hombres afligidos. Huidas desesperadas, pasillos humanitarios, columnas de civiles escapando del exterminio», señala Agus Morales en No somos refugiados.

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