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Extracto del medio de comunicación

He leído la última compilación de artículos de Pedro García Cuartango (Miranda de Ebro, 1955), Elogio de la quietud (Círculo de Tiza, 2020), con el espíritu de un funambulista que camina —por ahora, con éxito, a Dios gracias— sobre un alambre que se tambalea, y sin tener, hasta la fecha, noción de cuánto falta para llegar a la meta. Cuenta en el prólogo el periodista de ABC que su último libro “carece de pretensiones”: “No quiero convencer a nadie de nada; no es mi intención cambiar el mundo ni creo que mis reflexiones vayan a orientar a quien desee encontrar un camino”. El autor siempre ha rechazado el pomposo traje de predicador mediático con una humildad discreta e implosiva. Es un sabio sin ínfulas, que ha vivido y ha leído y ha visto y ha oído mucho y bueno, y esta experiencia, este empirismo, efluye verdadero en las páginas de su última obra. Se nota. No hay artificios.

En esta veracidad radical, desbordante de conocimiento y libre de plásticos, palpita rabiosa una dialéctica que, en estos días terribles de muerte, hospitales colmados y confinamiento, puede no dejar indemne al lector. Por un lado, desde el pesimismo, Cuartango piensa que la lucidez sólo comporta infelicidad. Siente un “creciente desapego” hacia el presente. No le interesa un entorno “donde se valoran mucho los datos, pero escasamente los conocimientos”. “Estamos atrapados —escribe— por la técnica y una lógica de la economía que nos lleva a la autodestrucción”. El paraíso perdido es la infancia; el pasado, lo más interesante y, a la vez, lo más aterrador: “Esa imposibilidad de recuperar lo que se ha perdido y está todavía cercano en la mente es la más dolorosa experiencia de nuestra vida”.

«Este aprender no sólo a ser, sino a estar en el mundo, se nutre también de lecturas y escritores, de piezas musicales y compositores, de películas y cineastas»

Por otra parte, el exdirector de El Mundo urge a sus lectores a dejarse llevar por el imprevisible turbión de la vida. Considera que ser el resultado de la casualidad y no de la causalidad “es la garantía de que somos libres para ser lo que somos o lo que no queremos ser”. El azar convierte nuestra existencia en una “aventura singular e irrepetible”. Rechaza el suicidio —“Vale más dejar este mundo tras haber jugado fuerte que abandonar el escenario nada más comenzar la obra”— y exhorta a abrir bien los ojos y los oídos, a recorrer los caminos que quedan por hollar, a comportarse “como si la vida fuera a durar solamente cinco minutos”. En uno de sus fragmentos más hermosos, escribe: “Basta con fijarnos en una gota de agua. Eso es lo que somos. Así de pequeños, de insignificantes, de vulnerables y de precarios. Pero también así de preciosos, de únicos y de irrepetibles. Una gota de agua es algo prodigioso que contiene la grandeza del universo”.

Este aprender no sólo a ser, sino a estar en el mundo, se nutre también de lecturas y escritores, de piezas musicales y compositores, de películas y cineastas. En Elogio de la quietud, Cuartango ofrece un bufé generoso: abundan las referencias efervescentes a DescartesSpinozaKierkegaard y Camus; comenta con pasión novelas negras; se derrite con Fellini y con Casablanca; pone en su gramola a Gino Paoli, a Miles Davis y a Chopin. Quizás, en estos apartados, digamos, resida el único patinazo del libro: muchos de estos artículos ya fueron publicados en la anterior compilación, Visto y oído (Sibirana Ediciones, 2018). Cabe señalar que este último volumen es, desde luego, bastante más completo que el previo, por no decir que casi lo anula: el lector que parta de cero y que lea Elogio de la quietud no tiene por qué leer Visto y oído; sin embargo, el que haya leído Visto y oído encontrará en Elogio de la quietud una visión y un menú más omnívoros, más universales.

«El ejercicio de pensar es doliente, pero también sano»

Decía que he leído este libro con el espíritu de un funambulista porque soy, como se dice en mi Mancha, perro ralenco —el adjetivo doméstico no me encaja—, y porque, desde mi otro trabajo, veo cómo hora a hora, día a día, nuestro mundo se está yendo por el sumidero —al menos, por ahora—. Igual mi queja es infantil y burguesa, pero la situación pesa, encabrona y perdura —y perdurará—, y la lectura de los textos más pesimistas de Cuartango no ha sido, precisamente, opiácea. Todo lo contrario: me ha servido para que la cabeza centrifugue, ha alimentado la reflexión incómoda y, en ocasiones, amarga. El ejercicio de pensar es doliente, pero también sano. Insisto en la potente carga vitalista de buena parte de sus artículos, pero aquel que prefiera la evasión durante este periodo, encontrará mejor refugio, qué sé yo, en una novela de aventuras o en una novela histórica. El compadre zendiano Emilio Lara ha hecho una selección magnífica. Y, cuando pase esta atroz etapa, sumérjanse en Elogio de la quietud, una maravilla nostálgica, reflexiva, filosófica, periodística y literaria. Bienaventurados quienes afronten desde ya sus páginas. Viva Cuartango.

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