Un achaque por década

31 marzo 2026

Linn Ullmann, la hija novelista del cineasta Ingmar Bergman, relata que su padre, cuando sufría de insomnio, anotaba frases, citas, palabras sueltas, sueños, la hora de un concierto de radio y otros apuntes directamente sobre la mesita de noche. No sobre un puñado de hojas, sino sobre la misma superficie de la mesa, que era de color blanco. Lo hacía con un rotulador negro.

Luego, cuando amanecía, tenía un curioso método para decidir o posponer su salida de la cama. Cuando se despertaba hacía una lista con sus achaques del día: rigidez en la cadera, una mala noche, dolor de estómago, intranquilidad por la jornada que tenía por delante, dolor de muelas… Si eran ocho o menos, se levantaba. Si eran más de ocho, se quedaba en la cama. ¿Por qué ese número? «Bueno, porque tengo más de ochenta años. Me permito un achaque por década», afirmaba.

«Ingmar Bergman estaba saliendo de una fuerte crisis personal en 1957 cuando rodó «Fresas salvajes». Acababa de dejar el hospital por unos problemas gástricos, el intento de reconciliación con su padre había fracasado y se hallaba al final de su relación con Bibi Andersson. Bergman era una persona ciclotímica, con tendencias a la depresión y con una inestabilidad sentimental enfermiza, producto de una infancia desgraciada, según él reconoce en sus memorias», asegura Pedro G. Cuartango en «Iluminaciones».

En los años noventa, el actor Jeremy Irons tuvo un bajón, una fuerte crisis vital y creativa. La interpretación comenzó a aburrirle. Necesitaba nuevos retos. Entonces dio con las ruinas de Kilcoe, en el condado de Cork (Irlanda), a unos minutos de la cabaña en la que vivía junto a su familia. La compró y la reconstruyó. «Disfruto con el riesgo. El riesgo es vida extra», dijo a la revista Vanity Fair. Cuando su mujer Sinéad Cusack se enteró del percal, empezó a hiperventilar. «Todavía estoy hiperventilando», añadía.

Las obras se prolongaron durante seis años. Para los trabajos, Irons sólo contrató a personas que tenían un apellido poco corriente o compartían alguna de sus dos pasiones: las motos y la música. El castillo cuenta con una serie de objeto singulares, como un viejo tablero romano utilizado para trillar, un violín fabricado en Eslovaquia, un yugo nepalí para conducir camelloa… Las gárgolas del edificio son unas figuras femeninas con las piernas abiertas y unos genitales superlativos, hechas por un flautista y budista practicante.

«Se han podido identificar así una serie de rasgos comunes a aquellos individuos más creativos que la media: independencia en sus comportamientos y en sus actitudes; carácter dominante; introversión; apertura a los estímulos; amplitud de intereses; buena aceptación de uno mismo; intuición; flexibilidad; sociabilidad, unida, sin embargo, a rasgos de cambiar por antisociabilidad; radicalismo en sus juicios; el rechazo de las obligaciones», escribe Edoardo Boncinelli en «Cómo nacen las ideas», nuestra última novedad.

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