Nadar en aguas frías
Lord Byron, ese verso suelto de la poesía inglesa, heredó el amor por el agua y la natación del pueblo griego, pasiones que ya habían hecho suyas, muchos siglos antes, los romanos. Llegaron a tener hasta ochocientos baños públicos, algunos con capacidad para mil personas.
Lo que más me cautiva de este inglés, aparte de lo bien que se arreglaba las puntas del bigote, son sus extravagantes hazañas natatorias. Estaba considerado como uno de los grandes nadadores de su época.
En el siglo XIX, los ingleses eran los más destacados de este deporte en nuestro planeta, el único lugar del universo, que sepamos, donde puedes tomarte un Martini doble antes de almorzar, acompañado por unas almendras saladas con sabor a trufa.
«Nadar en aguas frías te recarga las pilas, hace que te inunde una sensación de renacimiento después de haberte pasado la vida sentado mirando una pantalla. Hace que el cuerpo se venga arriba en todas y cada una de sus partes: corazón, pulmones, cerebro. La primera vez que lo hice me acordé de Rose y Jack en «Titanic», cuando ella va a saltar por la borda y él intenta convencerla para que no lo haga diciéndole que el agua la iba a golpear como si le clavaran mil cuchillos por todo el cuerpo», señala Hannah Jane Parkinson en «La alegría de las pequeñas cosas».
En sus primeros poemas, Byron hace refrencia a los nados que hacía durante su etapa en Harrow School. Fue el internado inglés donde estudió entre 1801 y 1805. Como era cojo como mi antiguo asesor, el autor de La peregrinación de Childe Harold alquilaba a veces un poni para visitar algunos lugares alejados donde poder nadar. Aunque no le hacía ascos a cualquier agujero con agua, fuera este un estanque subterráneo en una bodega o un lago.
Era tal su pasión por la natación y el mar, era tanta la felicidad que le brindaban los baños, que llegó a decirle al poeta Thomas Medwin que si acaso creyera en la transmigración de las almas, «pensaría que he sido un tritón en alguna forma anterior de la existencia».
«De la ciudad se desplazaron a Zahara de los Atunes y allí Pip fue aún más feliz que en Cádiz, lo que ya era decir. Días de embeleso y calma. Él no nadaba y jamás hubiera exhibido su cuerpo semidesnudo en una playa o en cualquier lugar público, pero bajó disciplinadamente a la orilla del mar cada día con su camisa de lino, pantalones de algodón y un Panamá. Acampaba en su tumbona, bajo el parasol, igualito a Aschenbach, de «Muerte en Venecia. Prismáticos en mano, se dedicaba a seguir la estela de su adorada mientras ella surcaba los mares durante una hora que a él se le hacía eterna y en la que padecía no pocos tormentos. Miedo a que no regresara, miedo a que se le ahogara, miedo a que la atacara un tiburón, real o metafórico», escribe Dolores Payás en «Ultimate love».
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