Llegas y el mundo ya está interpretado. Abres los ojos y tienes asignado hasta tu nombre. Reza para que sea uno básico, de fosa común, del tipo Juan, José o Maripepa,  y no uno de esos radioactivos, uno de esos que tienes que estar recortando para que suene medio bien cuando aparezca la mujer de tu vida. Luego vienen las presentaciones. Esta es mamá. Estos son tus hermanos con los que te acuchillarás más adelante porque uno te cogió la mejor camisa o el otro te vació la hucha. Esta es la abuela. El abuelo está abajo jugando al dominó. ¿Y papá? Se marchó con otra.

«Efectivamente, es una gran verdad que no elegimos nuestra existencia, somos arrojados a la vida y tenemos que adaptarnos al medio para sobrevivir en unas condiciones que nos vienen impuestas por la genética o el entorno social. Como apunta Kierkegaard, la única certeza desde que nacemos es la de la muerte, lo que equivale a decir que estamos hechos de tiempo. Somos un comienzo que se aleja y un fin que se acerca», escribe Pedro Cuartango en Elogio de la quietud.

Vas creciendo, iba a escribir como una cucaracha, y un día te dicen: este es tu Dios, con la d mayúscula palpitando, y te pones a creer en alguien que ni siquiera has visto. No puedes coger caramelos de un desconocido pero a éste en concreto, este desconocido que creó el cielo y la tierra, los domingos por la tarde, los mosquitos, las moscas, el que puso las truchas en los ríos antes que se secaran y las cigalas y las gambas las alejó lo más posible de la orilla, dejando las medusas para que no te confiaras, en este desconocido tienes que creer.

Una mañana, tras un sueño intranquilo, te despiertas convertido en un monstruoso insecto. ¡Menudo plan! Bueno no se asqueen, lo que quiere decir Kafka es que una mañana te despiertas transformado, cambiado, porque la noche anterior has descubierto que en el último rincón de la casa había unos objetos que la gente llama libros. Hay pocos, unos de una tal Gestapo, que te hace ya siempre probar la ducha antes de meterte en ella, por si sale del grifo otra cosa. Entre esos libros hay algunos, no recuerdo cuales, que empiezas a leer y todo lo que te han contado lo pones en cuarentena, que es la única forma en que se pueden poner ya las cosas en esta vida. Y empiezas a desaprender. A cuestionarlo todo. Y también te mueres, eh, no vayas a pensar que no, pero te mueres con otra gracia, de otra manera. Sí, te queman, pero las llamas tienen un azul de otro color, no sé si me explico.

«Casi nadie lee un libro dos veces, pues ya es admirable que se lean una sola vez, de modo que darles cobijo en casa es exactamente igual que dar cobijo a un libro en blanco o a esos libros falsos que hay en Ikea. O, en fin, a la basura. (…) Yo que creo que vamos camino de que tener libros en casa sea considerado una tontería. Cuando uno escribe viene bien tener a mano un Faulkner o un Umbral -o libros de autores que nos inspiren- para abrirlos a voleo en busca de auxilio, un tono que imitar, un ritmo, cierta confianza que da leer a un maestro y tratar luego de acompasar la propia voz a la suya», dice Alberto Olmos en Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad.

 

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