El verano envalentona. Rejuvenece como las cremas de la tele. Simula que te alarga la vida. Relaja tus miedos, tus debilidades. Perfecciona tu sistema innato de holgazanería, te da confianza como los vecinos de siempre y una tarde de esas en las que el sol hila su bola de reflejos azafrán sobre el mar, de pronto no sabes ya muy bien qué es verdad o qué es mentira, por quién matarías y por quién te quedarías quieto. El verano confunde como los fichajes del Madrid  y te da una confianza que no te la da el frío, el banco, la novia, la madre que te parió…

«A día de hoy, sin embargo, apenas logro regocijarme con los batacazos merengues salvo en muy contadas excepciones. Me gusta pensar que todo es culpa de Cruyff y su segundo advenimiento, aquel cambio de mentalidad que terminó por refinar mi odio hasta convertirlo en simple competencia deportiva. La rivalidad entre Barça y Madrid representa el equivalente a la lucha eterna entre luz y oscuridad, por eso durante décadas me deprimía con solo mirar el cielo, en una noche cualquiera, con todo aquel negro ganando de calle», escribe Rafa Cabeleira en Alienación indebida.

Alienación indebida.

Anestesia este calor horrible, te coloniza y las palabras largas se mueren antes de llegar a la boca. En algunos instantes de bochorno, soy capaz de conocer todas las versiones posibles de mí mismo: la parte irascible, la parte alegre, la parte inventada, la parte soñada… Vivo electrizado viendo desmoronarse todas las cosas. He vuelto hoy a escribir quizá porque es el camino más corto que conozco para devorarme. Si lo pienso, nadie en mi familia escribe, más allá de algún formulario o una beca. Tienen otras maneras secretas de hacerse daño, de seguir en el mundo, de descomponerse…

La vida en cinco minutos.

«Y sobre todo pido perdón a Vila-Matas, escritor al que me ha costado digerir como novelista pero no como pensador y agudo expositor de ideas luminosas. Creo que si hay en este libro una clave para explicar el impulso íntimo y salvaje hacia la creación, y cuándo sucumbir a ella habiendo amordazado previamente a la vanidad, la pobreza intelectual, la explosión futil de palabras, es esta y es suya: «Hasta que un día comencé a tener nostalgia de la obra no realizada», dice Virginia Galvín en La vida en cinco minutos.

 

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