Cartas
Cada año se pierden en Japón alrededor de dos millones de cartas y envíos postales. Para honrar a los espíritus de esas misivas extraviadas, los empleados del servicio postal les erigieron un monumento funerario a comienzo de los años setenta. Se encuentra en el cementerio del templo Zenkō-ji, en Nagano.
Los japoneses miran, se enfrentan a la vida de otro modo. Allí donde Occidente ve simplemente cosas, objetos o gestos cotidianos, la sensibilidad y cultura japonesa parece descubrir una presencia, una memoria y un significado profundo que asombra a los que tímidamente nos adentramos en ese mundo de misterio nipón.
Así, cada 8 de febrero, los japoneses celebran el Funeral de las Agujas. Rezan por todas esas que se han doblado o dejan de tener utilidad práctica para las labores textiles. Honran sus servicios dejándolas descansar para siempre sobre un trozo de tofu.
«Cuando uno se hace mayor debe tener cerca una caja de los hilos, ese tallercito doméstico para la resiliencia en esta era de tiendas y enfermedad de estrenar. Desde que me lancé a la vida, he tenido varios costureros, pero ninguno como este. Lo hizo para mí la madre de una amiga. Es un bote de mermelada reciclado, al que se le ha puesto un capuchón de espuma cubierto de lana pegado a la tapa. En este sombrerete se clavan agujas y alfileres. Cierra a rosca, limpia, maravillosamente», señala Carlos Risco en «Objetos a los que acompaño».
Dos ideogramas forman la palabra carta en japonés; uno significa mano y el otro papel. Una misiva japonesa es un papel hecho, escrito, tocado con las manos. Manos que piensan en el otro, pausadamente, y lo acogen. Unas manos que escriben y esperan. Unas manos sosegadas que abren un diálogo en el que no existe la palabra precipitada. La urgencia. Las cartas trazan un sendero de belleza delicada entre dos personas. Crean un vínculo. Una permanencia afectiva. Una nostalgia. No habría que dejar que desaparecieran.
«Estimado Sr Perkins:
Discúlpeme por escribir a lápiz, pero esta noche estoy bastante cansado y desilusionado con la vida y no tengo la energía necesaria para usar tinta: tinta, el destructor inefable del pensamiento, que funde una emoción en algo sucio, un excremento mental anotado. Yo lo estoy pasando fatal porque llevo cinco meses de holgazanería y quiero ponerme a trabajar. Holgazanear me produce una melancolía de lo más odiosa y abominable. Estoy seguro de que mi tercera novela, si alguna vez la escribo, será de una melancolía negra como la muerte», escribe Scott Fitzgerald en «El arte de perder».
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