Al principio solo tenía ojos para ella. Ahora le dedico como mucho medio ojo entre semana. Uno entero los findes. Incluso hay días que con el rabillo me basta. Se ve que cuando el amor avanza y con los años va tocando tierra, se aclara la vista. La primera vez que tuve noticias de eso que llamaban amor fue en párvulo. Allí supe que además de corazón, pulmones, una vesícula, un páncreas y un colon, tenía también por dentro mariposas. ¡Mariposas!, qué bello. Les prometí que, si seguían en mi interior, jamás se extinguirían. Entonces entró ella y supe de un tirón qué era la belleza sin necesidad de haber ido a la catedral de Siena. Antes incluso que dijera su nombre, antes incluso que pusiera sobre la mesa la goma, sentí que era la mujer de mi vida. Pero un amigo ya se había adelantado. Se acercó a mi oído y me dijo: «Me casaré con ella». ¡Cuánta ambición! Yo solo aspiraba a comerme el bocadillo a solas con ella en el recreo.

«La chica entró en pijama, un pijama de verano de esos que en ocasiones ocultan menos que la ropa interior – que, además, no llevaba- Dijo que tenía hambre e iba a hacerse un bocadillo. Antes que le diera tiempo a quitar la anilla del pan de molde, yo ya me había enamorado, incluso planeado el resto de nuestra vida juntos», escribe Ricardo F. Colmenero en Literatura infiel.

A esa hora en que el mayordomo de Juan Ramón Jiménez tocaba una campanilla y le decía eso de  «Señor, el crespúsculo», salgo a pasear. Me pongo una entrevista del programa Hotel Jorge Juan y se me hace la boca ginebra cuando escucho caer la chisporroteante Seagram´s sobre los cubitos de hielo. Estoy por volverme y meterme en un bar. Pero continuo. Sigo y veo a dos jóvenes en un banco. Ella le está tirando bocaditos en el cuello y él, por detrás de su cabeza, está mirando el móvil. ¡Hostias, qué desinterés! ¡Se ve que le sobran los bocaditos en esta vida! A mí me dan un bocadito ahora así y le construyo una pirámide yo solo.

«Ahora mi padre no está. Ya no saldremos en barco. Ya no jugaremos al tiburón. Ya no saltará detrás de mi si me caigo al agua con orcas asesinas. Pero la playa sigue ahí intacta, con sus granos de arena. Y a veces se me borra algún gesto de su cara. O el olor de su jersey. Y me pongo nerviosa. Y me enfado. Pero entonces pienso en una playa y me tranquilizo. Porque me acuerdo de ese amor infinito que no borrarán ni el tiempo ni el mar ni el viento ni la lluvia. Y no, no estoy llorando. Es ginebra que me sale por los ojos. He bebido demasiado», dice Javier Aznar en ¿Dónde vamos a a bailar esta noche?.

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