Extracto del medio de comunicación

El columnismo según Cuartango: «¿Por qué no escribir sobre estos temas que nos afectan tan profundamente a todos?»

Pedro García Cuartango (Miranda de Ebro, 1955) se define como una persona nostálgica. Dice que ha sido así toda la vida, que no se trata un achaque de la edad, aunque reconoce que, sobre todo a partir de los cincuenta, el pasado adquiere un cariz distinto y la nostalgia se vuelve más pesada, tal vez, debido a la percepción del tiempo que se agota. Para él ese es un tema recurrente, una obsesión profunda y personal que tiene que ver con su manera de entender la vida y el lugar del ser humano en el universo. Por eso da igual de lo que escriba en sus artículos. Sus percepciones terminan pasando por el tamiz de su temperamento y su conciencia del absurdo acaba asomándose inevitablemente en cada uno de sus escritos. Ahora ha recopilado una gran cantidad de ellos en Elogio de la quietud (Círculo de tiza), una amplia selección de las columnas con las que ha ido introduciendo en los periódicos, a lo largo de los años, asuntos que trascienden el mero comentario político o la anécdota futbolística o cultural. Hablamos con él:

Pregunta: Confieso que, debido a mis propios intereses, tengo miedo de convertir esta entrevista en una larga y monotemática charla filosófica.

Respuesta: No te preocupes, hombre. Yo siempre digo que uno en esta profesión tiene que hacer lo que le gusta, porque es la única forma de gustar luego a los demás. No tienes que hacer las cosas en función de lo que te digan otros, o de lo que más se esté comentando en las redes sociales. Tienes que hacer las cosas como tú crees que las tienes que hacer.

P: Entonces iré al grano. Al leerte siempre entiendo que tu nostalgia nace de una conciencia muy palpable de la inevitabilidad de la muerte. Aunque tampoco sé si eso es lo único que te hace mirar hacia el pasado.

R: Sin duda. Como decía Heidegger, somos seres arrojados al mundo. Somos seres contingentes, frágiles. Carecemos de esencia. Por lo tanto, la escritura es una forma de recuperar el tiempo, sí, pero también, en cierto sentido, es una voluntad de inmortalidad. Aunque se trate de una inmortalidad muy limitada. La muerte es un hecho ineludible. Algo que normalmente tratamos de obviar. Es un tabú en nuestra sociedad. Pero todos vamos a morir, esa es la única certeza que tenemos. Por eso, desde esa perspectiva, escribir es luchar contra el tiempo. Pelear contra la muerte.

P: Ahora además tenemos que luchar contra el tabú de la muerte sin el asidero religioso.

R: Ya lo dijo Nietzsche, ¿no? Dios ha muerto. Y, efectivamente, Dios murió en el siglo XX, en el sentido filosófico. Lo que pasa es que no hemos sido capaces de articular una serie de valores que sustituyan a la religión. Y por eso precisamente creo que existe, en la cultura occidental, una cierta nostalgia de la religión. El catolicismo ha conformado nuestra identidad, al menos en España. Muchos hemos sido educados según los preceptos católicos, y eso nos ha marcado. Por lo tanto, aunque ahora existe una negación casi explícita de la religiosidad, en nuestro interior seguimos asumiendo, de alguna manera, los valores del cristianismo.

P: El problema que yo veo reside en que asumir la nada vacía automáticamente de sentido al ser, ¿no crees? Desde ese punto de vista, ¿es realmente posible encontrarle un sentido a la vida si se asume, sin ápice de duda, que con la muerte acaba todo?

R: Eso que dices es cierto, pero existe una paradoja en todo el asunto. Yo creo que cuando asumes la nada, cuando aceptas la muerte como un hecho inevitable, en cierta forma estás reinventando la vida y dándole un sentido. Aunque sea un sentido muy precario. Se puede ser agnóstico o ateo y disfrutar de la vida, pero tenemos que asumir nuestra finitud y nuestras limitaciones. Tenemos que asumir que somos, como yo digo, un momento en la infinita playa del tiempo. Y eso le da un sentido a la vida, aunque sea absurdo.

P: Claro. Pero asumir la nada como la posibilidad más probable tras la muerte —algo en lo que muchos estamos de acuerdo— no es lo mismo que aceptarla como una certeza indubitable. Es esa convicción absoluta la que a mí me parece impostada.

R: Bueno, es que no existe certeza absoluta sobre nada. En realidad lo ignoramos todo. Ignoramos el origen de la materia. Ignoramos el porqué de las leyes de la física. Somos incapaces de concebir la «infinitud» del universo —se calcula que hay un billón de galaxias y que cada galaxia tiene miles de millones de estrellas—. Lo que sabemos es que estamos en un universo del que somos una minúscula parte. Pero no tenemos todavía conocimiento de muchas de las cosas que nos suceden en nuestro entorno físico. Estamos condenados a la incertidumbre. No existen certezas absolutas. Nadie puede estar absolutamente seguro de que Dios existe, o de que Dios no existe. Y aunque, evidentemente, la fe te da una certeza, esta no deja de ser un sentimiento. Desde el punto de vista meramente racional, sin embargo, estamos condenados a la incertidumbre.

P: Otro de los temas recurrentes en tus columnas es la importancia capital del azar en nuestras vidas.

R: Sí, sin duda. Yo no creo en el destino. Creo más en el azar. Porque al final, si lo piensas bien, somos un producto del azar. Si en vez de coger la calle de la derecha coges la de la izquierda, tu vida puede cambiar. El curso de nuestros destinos depende del azar, en gran medida. Sobre ese tema hay un libro, El azar y la necesidad, de Jacques Monod, que sostiene que la vida, desde el punto de vista biológico, es una combinación de azar y de necesidad. Y yo creo que eso es cierto, aunque creo que pesa más el azar que la necesidad.

P: Es decir, que tampoco eres un relativista absoluto.

R: Claro. El azar es compatible con la libertad. Es decir, cuando yo hablo de la importancia del azar, en ningún momento niego la importancia de la libertad humana; del libre albedrío. Eso es esencial. Sartre decía que el ser humano está condenado a la libertad, y yo estoy de acuerdo con él. Porque todos tenemos que decidir, e incluso cuando nos quedamos quietos y no nos decidimos entre varias opciones, estamos decidiendo no decidir. Somos libres, y siempre tenemos un reducto de libertad en nuestro interior. Pero eso es compatible con el azar. Con azar me refiero a lo imprevisible, a todo lo que nos pasa que no podemos controlar. Tenemos un ejemplo en David Gistau —el libro está dedicado a él—. ¿Quién nos iba a decir hace tres meses que David iba a morir como murió? Aunque, evidentemente, la importancia del azar tampoco quiere decir que no tengamos la capacidad de determinar nuestras vidas con nuestras decisiones.

P: ¿Por qué no son más corrientes las columnas que hablan de estos temas?

R: Bueno, mi experiencia me dice que son temas que interesan. Y, de hecho, recibo muchas más respuestas de lectores cuando hablo sobre estas cosas que cuando hablo de política. Al final, nadie tiene el monopolio de hablar de la muerte, o del azar, o de la libertad. Todos podemos opinar, y todos podemos trasladar nuestra experiencia. Lo que pasa es que en España existe una tradición un tanto rutinaria que otorga primacía a la columna política. ¿Pero por qué no escribir sobre estos otros temas, que nos afectan profundamente a todos? En ese sentido, en la medida de mis posibilidades, he podido contribuir a romper ese tabú. Pero creo que es algo que puede hacer cualquiera.

P: ¿Cómo se lleva el dejar una parte tan íntima de uno mismo en los papeles de un periódico? Se trata de algo que, además, es más perecedero que dejarse en un ensayo o en una novela.

R: Sí, tienes razón, los periódicos son un producto perecedero. Pero eso no es lo esencial. Hablando de plasmar la intimidad en un escaparate público, hay un proverbio latino que lo dice todo: «Nada humano me es ajeno». Cuando tú hablas de tus sentimientos más particulares es cuando más reflejas lo universal. La única forma de llegar a lo general es a través de lo individual. A través del yo. Y no hay ninguna contradicción en eso. El sentimiento que yo puedo plasmar sobre mi infancia, o sobre el descubrimiento del amor, sobre la muerte, sobre las frustraciones diarias, es universal. Y existe una infinita cantidad de lectores que se pueden identificar con esos temas, porque los han vivido también. Eso no quiere decir que no sienta pudor muchas veces, o que no me asalten las dudas antes de enviar un artículo al periódico. Muchas veces siento miedo antes de publicar una columna. Pero creo que es lo que tengo que hacer. Porque creo que tengo que ser valiente y aportar lo que creo que puedo aportar. Lo que surge de mi interior.

P: ¿Hablas de una responsabilidad?

R: No. No es una responsabilidad. Es más una necesidad. Yo siento, de una forma casi irracional, que tengo que escribir sobre eso. Cuando escribo sobre esos sentimientos, no pienso. Simplemente fluyen. Salen hacia afuera y yo únicamente los plasmo.

P: ¿Cómo ves la situación del periodismo en la actualidad?

R: Creo que ahora mismo es menos libre que en la Transición. Ha ido perdiendo libertad y pluralidad. Primero porque la crisis económica ha afectado muchísimo a los medios de comunicación, sobre todo a los periódicos; y luego porque hay una especie de frivolización de la información. Vivimos en la sociedad del espectáculo, donde todo es pura representación. Esos dos factores han debilitado al periodismo, haciéndolo peor de lo que era hace 30 o 40 años.

P: ¿Y la vida política?

R: Pues es indudable que en España hemos asistido a cambios muy importantes en la estructura política en los últimos seis o siete años. Los partidos tradicionales han entrado en crisis. Han perdido credibilidad. Han mostrado sus limitaciones a la hora de afrontar la crisis económica. Han sido incapaces de combatir la corrupción. Y eso ha posibilitado la emergencia de nuevas formas políticas. Tanto Vox por la derecha como Podemos por la izquierda no hacen más que reflejar la crisis de credibilidad del sistema. La crisis de las instituciones. Todo viene del mal gobierno, del mal ejemplo, que han protagonizado tanto el PP como el PSOE durante las últimas décadas. Pero es algo que se ve también en Europa. El auge del populismo y del nacionalismo es el resultado del fiasco de los partidos tradicionales, de la socialdemocracia y de la democracia cristiana a la hora de resolver los nuevos problemas que han surgido en la sociedad de la globalización y de las tecnologías de la información.

P: Otra crítica recurrente denuncia que hoy en día sólo se practica la política de reacción al rival. Se demoniza al contrario porque eso da rédito electoral, pero no se actúa mucho más allá. ¿Cómo salir de esa dinámica?

R: Estoy de acuerdo con esa crítica. Tenemos que reinventar la democracia. Tenemos que hacer que los ciudadanos recuperen la ilusión. Y tenemos que abordar el problema de la regeneración de la vida política, que es esencial y que los partidos han dejado en segundo plano. Es cierto que hay un enorme desencanto y que la gente ha dejado de confiar en los partidos tradicionales, pero no nos olvidemos de lo esencial: vivimos en una democracia plena; en un Estado social de derecho. Además, en los últimos años se han conseguido muchos avances sociales. O sea, España es a día de hoy un país mucho mejor, más justo y más libre que cuando murió Franco. Entonces, tenemos que luchar por preservar ese legado. Y el peligro reside precisamente en que, fijándonos en las cosas malas, que son reales, olvidemos las buenas.

P: En una charla el otro día entre Andrés Trapiello, Maite Pagazaurtundúa y Jorge Bustos, el primero expresó su consternación ante las personas que reivindican la II República antes que la Transición.

R: Bueno, es que eso es un disparate. Eso sólo demuestra una falta de conocimiento de la historia. Aparte de que no se puede comparar la España de 1931 con la España de finales del siglo XX. Ahora existe un intento, sobre todo por parte de Podemos, de revisar la Transición. Dicen que fue un pacto que permitió sobrevivir al franquismo; que la ley de amnistía fue una ley de punto final. Pero eso es sencillamente falso. España dio un salto tremendo en la Transición y logró consolidarse como una democracia. Los que olvidan el pasado están condenados a revivirlo. Me parece muy peligrosa esa significación.

P: Otros dicen que estamos regresando a los años treinta…

R: Eso es una tontería. Basta con mirarlo simplemente desde un punto de vista sociológico: en España, durante la época de la República, el sesenta por ciento de la población vivía en el campo. Hoy me parece que es el cinco por ciento. Este país se ha modernizado; ha desarrollado unas estructuras industriales; ha cambiado su mentalidad. En tan solo cincuenta años han sucedido cambios inimaginables. Ese tipo de comparaciones sólo pueden ser falsas porque, sencillamente, la España de hoy no tiene nada que ver con la de la República. Ni siquiera encuentro similitudes en la clase dirigente; mucho menos en los problemas a los que nos enfrentamos. Los problemas que tuvo que abordar la República, y concretamente el gobierno republicano socialista encabezado por Azaña, planteaban una reforma del ejército, otra reforma agraria, etcétera. Cosas que ahora mismo no tienen nada que ver con nuestra realidad. Estamos en otro mundo.

P: La única comparación esgrimida realmente hace referencia al enconamiento político.

R: Sí. Es que eso es verdad. O sea, vamos a ver, hay una cosa que no ha cambiado. Yo siempre digo que España es un país que no sabemos valorar, y que tiene muchísimas cosas buenas: una historia, una cultura, un peso en el mundo —o al menos lo tuvo—. Pero hay una cosa que es mala, que es el cainismo. España ha sido un país cainita desde Fernando VII. Un país en el que se han sucedido golpes de Estado, levantamientos, guerras civiles… Y, en cierta forma, ese espíritu lo seguimos observando hoy. Ese enfrentamiento enconado entre las fuerzas políticas. Podríamos decir que ese es el mal español.

P: Hace nada volvió a fracasar la posibilidad de una gran coalición entre la izquierda y la derecha.

R: Sí, y de hecho no sólo no habría sido imposible sino también completamente deseable. Ahí Ciudadanos perdió una gran oportunidad, creo que ya existe consenso sobre eso. Si Rivera hubiera pactado con Sánchez, hoy habría un gobierno de coalición entre el PSOE y Ciudadanos. Pero luego, también, después de que se repitieran las elecciones y de que el PSOE revalidase su victoria, habría seguido siendo perfectamente posible un pacto de legislatura con el PP. A cambio de que Sánchez hubiese aceptado no cruzar determinadas líneas rojas, hubiera podido tener el apoyo del PP en asuntos de Estado. Y habría podido gobernar con el apoyo del PP y de Ciudadanos. Eso no era inviable, lo que pasa es que a Sánchez no le interesó. Desde el primer día dejó claro que quería gobernar con Podemos.

P: Desde el Gobierno, sin embargo, esgrimen que los votantes han elegido indudablemente un «gobierno progresista».

R: Pero es que eso no es verdad. Los números no lo sostienen. Si miras los resultados, de hecho, prácticamente hubo un empate entre los votos de la derecha y de la izquierda. La prueba está en que hubo que repetir las elecciones porque no existía una mayoría parlamentaria. Y sigue sin haberla, si no fuera por el independentismo catalán. Es decir, la realidad es que la fragmentación del mapa político, tanto en las elecciones de mayo como en las de ahora, dejaba un enorme margen para las alianzas. Por aquel entonces, en mayo, se podría haber construido un gobierno de centro izquierda, y ahora se podría haber llegado a algún tipo de pacto entre el PSOE y el PP. Pero insisto, esa no era la voluntad de Sánchez. Así que, resumiendo, no es cierto eso que dicen. Los resultados no predeterminaban el gobierno que tenemos ahora. Porque la verdad es que España está dividida en dos bloques, y eso es algo que tendría que haber tenido en cuenta Sánchez a la hora de gobernar. No se puede gobernar para un bloque. Hay que gobernar desde el centro. Hay que gobernar para una gran mayoría social. Eso Sánchez no lo está haciendo, y pagará por ese error.

P: ¿Cómo se explica la justificación que hacen ciertos sectores de la izquierda de los nacionalismos periféricos?

R: Es algo que no se sostiene y que además va en contra de la tradición de la izquierda española. O sea, si algo no se le puede recriminar a los partidos de la izquierda durante la República es que no defendieran la unidad nacional. Ni Azaña, ni el propio Prieto, o Largo Caballero… Es que ni se les pasaba por la cabeza la idea de la fragmentación de España. Es un misterio el por qué la izquierda ha renunciado a la idea de la unidad de España. Esa idea de un modelo de Estado plural, en la que todos podemos tener cabida. No sé. Además la ha abandonado pactando precisamente con los partidos que quieren romper la Constitución, que quieren destruir el sistema. Esa es una gran responsabilidad de Sánchez. E insisto en que es un error que acabará pagando el PSOE.

P: Pero hablando de la Constitución, una parte del debate hace hincapié en la enorme dificultad que existe de reformarla.

R: A mí ese me parece un falso debate. La Constitución tiene mecanismos de reforma. Hay cosas que se pueden reformar mediante el procedimiento simplificado. Pero en cualquier caso, el que quiera reformar la Constitución tendrá que hacerlo a través de los mecanismos que establece la ley; porque si no ¿cuál es la alternativa? ¿Declarar un golpe de Estado como en Cataluña? ¿Declarar unilateralmente la independencia? ¿Saltarse la ley y las resoluciones de los tribunales? Eso es inadmisible en una democracia. El que quiera cambiar el sistema, que lo haga por medios legales. Y sobre todo, que logre una mayoría parlamentaria que le permita reformar la Constitución. Lo que no es tolerable es que la Constitución, que es de todos, se reforme por el dictado de una minoría.

P: Regresando al tema del enconamiento político, la mayor crítica que recibe la izquierda por parte de la derecha es su «superioridad moral».

R: Sí, ese es un tema recurrente. Lo digo siempre: es otro grave error de la izquierda. Y lo es porque nadie es moralmente superior a nadie. Todos somos iguales, tenemos los mismos derechos. Y pretender, por ejemplo, que el feminismo, o la protección de la inmigración, son causas de la izquierda en las que la derecha no tiene nada que decir es un grave error. Es un acto de sectarismo. Por ir al grano, a mí el hecho de arrogarse una superioridad moral sobre otros me parece un acto miserable. Y al final es la postura más cómoda y fácil del mundo. Porque cuando tú te consideras superior al otro, ya no tienes que dar explicaciones. Si tú reduces al otro a una categoría y dices simplemente que es un fascista, o un derechista, lo estás cosificando. Lo conviertes en alguien despreciable con el que no cabe el debate ideológico. Es una trampa. La izquierda, que tiene muchas cosas buenas, tiene que defender un proyecto. Tiene que convencer a los ciudadanos. Tiene que explicar sus fórmulas para resolver los grandes retos que tenemos. Pero lo que no puede hacer es no dar explicaciones e instalarse en un permanente proceso reduccionista de deslegitimación de la derecha. Porque la derecha puede tener razón en muchas cosas, igual que la izquierda las tiene en otras. Al final, lo más saludable políticamente hablando es una cierta transversalidad de las ideas. Y lo que no debería estar justificado nunca es la intolerancia y la descalificación de los demás. Pero ahora mismo eso es lo que está haciendo el PSOE, porque ha visto que es una estrategia que tiene rentabilidad electoral. Nada mejor que demonizar a Vox para cohesionar al electorado de izquierda y así no tener la necesidad de dar ninguna explicación.

P: Si a la izquierda se le achaca la superioridad moral, ¿a la derecha se le podría achacar una cierta defensa exagerada de la utopía neoliberal?

R: Sí, estoy de acuerdo en que en última instancia se trata de una utopía. El liberalismo puro no existe. Esa idea de la mano invisible de Adam Smith, en una sociedad tan globalizada donde hay tanta concentración de capital, es inviable. Pero después, vamos a ver… La derecha ha gestionado mejor la economía. Es decir, cuando llegó Rajoy al poder el déficit de las cuentas públicas era de un 11% y la prima de riesgo estaba por encima de los 500 puntos. O sea, Rajoy gestionó relativamente bien la economía y consiguió sacar a España de la crisis. Aunque es verdad que también contó con vientos favorables. Pero eso no basta. Es decir, la derecha no puede basar su discurso sólo en la buena gestión de la economía. Tiene que reivindicar valores morales. Tiene que reivindicar principios. Tiene que ser ejemplar en la lucha contra la corrupción. Y tenemos que admitir que no lo ha sido. Eso ha contribuido al nacimiento de Vox y a que el PP haya perdido prácticamente cinco millones de votos en menos de diez años.

P: ¿Tiene sentido equiparar a Vox con el fascismo y a Podemos con el estalinismo?

R: Ninguno. Es una barbaridad.

P: Sin embargo da la sensación de que, al menos en España, el comunismo es más aceptable.

R: Sí, ese es un doble rasero incomprensible. O sea, si estamos a favor, que yo no lo estoy, de ilegalizar la apología del franquismo, habrá que ilegalizar la apología del estalinismo también. ¿O es que los crímenes de Stalin fueron inferiores a los de Franco? No. Otra vez estamos ante la hipocresía moral de la izquierda. Es decir, si estamos contra el totalitarismo lo estamos con todas las consecuencias. La defensa de la democracia no es una cuestión de derechas o de izquierdas. Es una convicción que trasciende la ideología de los partidos. Así que volvemos a lo mismo: al suscitar estos debates, la izquierda sólo demuestra un enorme sectarismo.

P: El argumento más esgrimido es que se puede condenar a Stalin pero salvar al comunismo.

R: Bueno, ese es un debate muy interesante. Pero yo creo que el comunismo soviético ya fue barrido de la historia. O sea, todos esos conceptos de lucha de clases, dictadura del proletariado, podían tener un sentido a principios del siglo XX. Pero ya no. El comunismo soviético desapareció cuando cayó el Muro de Berlín. Fue una experiencia fallida. Duró casi setenta años, yo fui allí en varias ocasiones, y vi cómo produjo falta de libertad, miseria y retraso. Entonces, sostener que la experiencia comunista es un desastre pero que el comunismo es cojonudo me parece absurdo. Habrá que medir una fórmula política por sus resultados, digo yo.

P: Antes has hablado de la crisis de la socialdemocracia. ¿Qué papel juega ahora en el panorama político?

R: La izquierda ha abandonado esa idea. En Europa, o por lo menos el PSOE aquí, ha abandonado la idea socialdemócrata de Felipe González. Es llamativo, porque la socialdemocracia produjo una gran prosperidad en Europa durante más de medio siglo. Fue la base de un modelo de libertad. Por eso yo creo que, salvando las distancias históricas, los partidos socialistas deberían recuperar esa fórmula. Al final es la fórmula que mejor ha conciliado la libertad con la igualdad económica. Yo no tengo ningún inconveniente en definirme como socialdemócrata. Y pienso que sigue siendo una fórmula válida.

P: ¿Cómo encararías tú los nuevos retos en los que nos está sumergiendo el desarrollo tecnológico?

R: Bueno, ya lo dijo Heidegger en los años veinte: la deshumanización de la técnica. Él sostenía que la técnica tenía un impacto negativo sobre los valores de la Ilustración. Yo creo que la técnica tiene muchas ventajas. Nos permite acceder a un conocimiento casi ilimitado; sus avances se notan en el día a día; es indudable que produce una mejora palpable en las condiciones de vida. Por eso tampoco creo que haya que tener una visión catastrófica de la técnica como la que tenía Heidegger. Pero sí que tenemos que tener mucho cuidado y no cruzar determinadas líneas rojas. Ahora por ejemplo parece que va a ser posible la clonación. Yo creo que hay fronteras que no se pueden traspasar. Hay que controlar el desarrollo de la técnica. Siempre sabiendo que no se le pueden poner puertas al campo y que el desarrollo tecnológico también tiene cosas muy buenas.

P: ¿Es posible la quietud en esta actualidad en constante movimiento?

R: Claro, porque el concepto de quietud tampoco es estático. Es una forma de conocer y de vivir. Es decir, podríamos estar de acuerdo en que nos falta perspectiva, tranquilidad, quietud, para examinar y valorar todo lo que nos está sucediendo. Los hechos son vertiginosos. Vivimos en una volatilidad permanente, en una sociedad donde reina la incertidumbre. Por lo tanto yo reivindico la quietud como una actitud para interpretar la realidad, y también defiendo la vuelta a determinados valores espirituales que considero que son más importantes que los valores materiales.

P: Pero, al final, esa sensación ante los cambios siempre ha existido, ¿no? Es común en todas las generaciones que observan el futuro con incertidumbre.

R: Sí, pero yo tampoco defiendo que eso deba llevarnos a defender un regreso a lo que teníamos antes. Se suele decir ahora que las nuevas generaciones son peores que la de los que nacimos en los años cincuenta: falso. Las generaciones no son unas mejores que otras. La naturaleza humana no ha cambiado. Cada generación tiene sus propios problemas, sus propios retos. Y también cada generación siempre siente que se encuentra al final de un ciclo. Pero eso es consustancial a la historia de la humanidad. Eso ya sucedía en el Imperio Romano.

P: Y aún así, sigue habiendo una parte de nosotros a la que le gustaría vivir en el pasado.

R: Claro, porque el pasado es atractivo. Claro que a mí me habría gustado vivir en la España decimonónica. O por supuesto que me habría gustado vivir en la Roma de Augusto o de Trajano. El pasado tiene mucho atractivo porque al final sólo podemos entendernos si conocemos de dónde venimos. Es inevitable sentir una cierta nostalgia de esas épocas cruciales en la historia de la humanidad.

P: ¿Cómo se lidia con la idealización de ese pasado?

R: Bueno, el tema es que la memoria es un engaño, una elaboración. Estamos continuamente reelaborando y construyendo nuestros recuerdos, y en ese sentido la memoria es un engaño. Cuando luego regresamos a los escenarios de nuestra infancia nos damos cuenta de que en realidad no tienen nada que ver que lo que teníamos en la cabeza. La memoria es muy tramposa. Tenemos que ser muy conscientes de eso. Lo que tampoco quiere decir que tengamos que renegar de ella.

P: ¿Y mirar tanto al pasado no entraña el riesgo de caer en el reproche?

R: No, porque la nostalgia, al final, es una especie de selección de los mejores momentos de tu vida. Yo creo que nuestra verdadera patria es la infancia. Es la época en la que vivimos con mayor intensidad; en la que sentimos más emociones; en la que descubrimos el mundo. Mis artículos no son más que una forma de tratar de recuperar ese tiempo perdido, en el sentido proustiano del término. Al final, los hombres estamos hechos de tiempo. Somos puro tiempo. Y por eso creo que es inevitable sentir una cierta nostalgia del pasado.

P: ¿Es posible ser feliz viviendo constantemente en el pasado?

R: Bueno, partiendo de que la felicidad es un concepto relativo y muy tramposo, yo te diría que consiste en disfrutar de lo bueno y en asumir lo malo. La vida está formada por contrariedades y por momentos dolorosos. Es algo que hay que asumir. Todo forma parte de la vida. Por lo tanto, para poder llevar una vida equilibrada es necesario asumir esa adversidad. Mirarla con cierta perspectiva, porque si no te vuelves loco. Eso no está reñido con mirar hacia el pasado.

 

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