Los veranos que acaban bien
Como todo lo bello escribir es una inutilidad. Además te sale joroba. Se te agarrotan las rótulas. Vives apartado, más solo que la ballena de cincuenta y dos hercios. Y olvídate del beneficio o el éxito, de verte apilando riquezas en la esquina de un granero. Sin embargo, un día de sol en el que también empieza suavemente a lloviznar, la escritura pega a tu puerta. Te enreda, te hechiza como el lunar en relieve de Cindy Crawford. Ella es la prueba de que Dios existe. Hay algunas otras. Por ejemplo, Charlize Theron en Celebrity, de Woody Allen. ¿La habéis visto? Cuando aparece en escena se quema hasta el motorcillo de la batidora.
Hay un momento en el que va de copiloto en el Aston Martin de Lee Simon, el protagonista. Mientras conduce, ella, que empieza a estar algo resfriada, le pasa de pronto la lengua por la oreja y lo besa de una manera que no es de este mundo. Entonces le dice: «¿No tienes miedo de atrapar mis microbios?. Y él, que a duras penas puede ya conducir y que acabará estrellando el coche contra el cristal de un escaparate, le responde: «De ti me contagiaría de un cáncer terminal.»
«Diane Keaton pasea junto a Woody Allen por Nueva York. Se ríen con la complicidad única de quien hace mucho tiempo fusionó su piel. Son dos envasados al vacío de neuronas y recuerdos que se acaban de abrir. «Si le quitas los zapatos con alzas, el moreno artificial y el pelo implantado…¿qué te queda?. Él pregunta por Alan Alda. «Tú -responde ella»-. Me quedas tú», escribe Marta Fernández en «No te enamores de cobardes».
Con tal de escribir tu obra eres capaz, recordando a Faulkner, de tirarlo todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, la Enciclopedia Británica… «Si un escritor tiene que robar a su madre, no lo durará un instante», comenta el autor de El ruido y la furia, «mi fracaso más espléndido.»
Gustave Flaubert odiaba escribir «porque era como tener que beberte un océano y a continuación tener que mearlo todo». Tampoco le hacía demasiada gracia publicar: «Es como dejar que alguien te vea el culo.»
La gente que conozco no escribe. Hace cosas peores. Toma brócolis hervidos para cenar. Se va de vacaciones en verano a Vietnam.
«Me olvido enseguida de los veranos que acaban bien. Los finales tristes, en cambio, perduran, y cuando tiempo después los recuerdas, adquieren enseguida el sabor inconfundible de la prosperidad. En la pandilla siempre estamos rescatando el verano de 1995, cuando Miguel estuvo dos meses rehuyendo el alcohol, como si fuese malo, para seducir a Ana Garay. Sacrificaba la chispa al aplomo y la seriedad, dos cualidades que ella valoraba por encima de todo. Yo había intentado enrollarme con la chavala un par de veces, sin éxito. En la última, para dejar claro que me aborrecía, me dijo con una despectiva tranquilidad: «Me gustan los chicos que saben divertirse sin beber», asegura Juan Tallón en «Mientras haya bares».
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