Los insomnes somos presas del no. Coleccionamos obsesiones. Ataques nocturnos. Tragedias. Nadie supera a un insomne en el arte de colocar la llave por dentro de la puerta. La deja de una forma entre lo vertical y lo horizontal para evitar injerencias externas. Inicio de microguerras mundiales en el hogar. El insomne controla como nadie la luz de la nevera. La abre. La cierra. Se queda horas mirando los yogures. El horizonte de los embutidos. La fruta que madura callada como un hombre en su cama, la fruta que se oxida como cualquier cosa en este mundo. El insomne podría publicar mañana mismo un tratado del silencio, que es lo que más se oye después de la cisterna. Lee. Escribe. Se atranca. Deja en su diario una palabra ardiendo, una sola, como Luis XVI antes de perder la cabeza: nada.
mientrashayabares

Mientras haya bares

«Tengo debilidad por los escritores que se levantan tarde y escriben poco, y tan lentamente, que al escribir en realidad borran. Su actitud denota que la literatura les importa muchísimo, pero no demasiado. Bastantes autores hay ya que se levantan a las cinco de la mañana y publican sin parar, como si la literatura tuviese siempre que ver con escribir», escribe Juan Tallón enMientras haya bares.
Piensa el que no duerme en las penúltimas cosas. En lo que parece que se acaba pero puede evitarse con un par de frases ingeniosas. En lo que se anuncia que tiene su final, aunque todo en verdad lo tenga. El que duerme poco revisa sus admiraciones. Anticipa los terrores que aparecerán, arrastrándose, cuando los pájaros enciendan la luz. La vida no tiene sentido pero lo que importa es agobiarse. Estar en forma para cuando amanezca. Un insomne es un outsider del sueño. Alguien que habita en la periferia de un lecho, donde acecha el amor y la muerte. El eros y el thanatos. Las dos mitades de las nueces donde uno escribiría micronovelas con lápiz de derecha a izquierda.
elartedeperder

El arte de perder.

«Discúlpenme por escribir a lápiz pero esta noche estoy bastante cansado y desilusionado con la vida y no tengo la energía necesaria para usar tinta: tinta, el destructor inefable del pensamiento, que funde una emoción en algo sucio, un excremento mental anotado. ¡Cuántas bobadas con mala ortografía!», dice Scott Fitzgerald enEl arte de perder.
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